viernes, octubre 31, 2014

René Daumal: quemado por la vanguardia



“Resulta muy tentador, cuando se cuentan acontecimientos pasados, poner claridad y orden donde no había ni lo uno ni lo otro.” (La gran borrachera, p. 31)

El escritor francés René Daumal (1908-1944) dedicó gran parte de su vida a la búsqueda de lo Absoluto, una quimera propia de un espíritu soñador para la cual siguió caminos bien terrenales: las sustancias psicotrópicas y el alcohol. Ni fue el primero ni será el último en esforzarse en hallar las musas de la creación y de la revelación de esta forma. Su viaje fue un fracaso absoluto, con el resultado de su salud destrozada y alcanzar la muerte enfermo de tuberculosis. Sólo al final de su existencia se apercibió de lo fútil de este camino y emprendió el de la religión, el del pensamiento hindú y las creencias que por entonces difundía el iluminado maestro Gurdjieff. No es que le fuera mejor, pero al menos su cuerpo encontró un breve descanso que no pudo disfrutar pues la enfermedad ya lo había convertido en su presa. En sus años de juventud escribió poesía, fundó una revista (Le Grand Jeu), formo el grupo vanguardista “Los Simplistas” y se enfrentó de manera encendida con André Breton y los surrealistas. Marginal entre los marginales, Daumal se sumerge en las drogas y la bebida buscando “una realidad superior” que nunca encontrará. Desencantado de esta vía, escribirá en 1938 su novela La gran borrachera (La grande beuverie), en la que nos narra en sus dos primeras partes las formas de búsqueda que había emprendido, dejando para el final la constatación de su error y el inicio de un nuevo camino de iluminación. Todo esto queda esclarecido de manera excelente en el prólogo de Javier Bassa Vila, ¡Desconfiad del alcohol y de la literatura!, en la edición del libro por parte de la editorial Cabaret Voltaire, introducción eso sí que recomendamos leer después de la novela de Daumal.  


En La gran borrachera Daumal no sólo exprime su devenir existencial, siempre enmarcado en una confusión, una marabunta de imágenes, lugares entrevistos, ensoñaciones con la fuerza de la realidad misma y una realidad que se despereza con la lentitud de la duermevela, adoptando las formas metafóricas, extravagantes y experimentales de los movimientos vanguardistas que habían revolucionado para no llegar a nada, tal como su propia experiencia le había enseñado, el mundo de la literatura. Personajes imposibles que van y vienen y hablan y beben: es el caos de la borrachera interminable, la lucidez etílica que no es sino una sarta de sandeces, un engañabobos monumental para creadores mediocres con ínfulas artísticas. Daumal se muestra sensacional en su conjunción de fondo y forma, en muchos momentos deudor de su admirado y genial Alfred Jarry: es más importante cómo nos narra sus aventuras, todas ellas enmarcadas en el transcurso de una noche y el amanecer siguiente a ella, que lo que de manera directa nos cuenta, pues por ese cómo descubrimos el qué y su porqué. La segunda parte de la novela, Los paraísos artificiales, es un paseo simbólico por el horrendo y falso mundo de los Evadidos, los que ya no beben, atrapados sin ser conscientes de ello en la convención y el auto engaño. Este viaje le sirve no sólo para hacer una dura y burlesca crítica de la sociedad, sino también del mundo vano y vacío de los artistas, que contrapone con los verdaderos, que serían aquellos que no viven allí y que además no son bienvenidos. En el mundo de las mentiras, la verdad está exiliada. Las camarillas “artísticas” son atacadas de manera certera y sin piedad: pintores, poetas, críticos, novelistas, escultores, cineastas, actores, arquitectos, políticos, científicos, religiosos… Todos caen ante su guadaña, pero no de forma gratuita: sólo la sufren aquellos entregados a lo falso o a objetivos espurios. Es cegador descubrir cómo su crítica es válida para nuestros días de la misma forma y con la misma fuerza que entonces lo fue para los suyos. Pero Daumal no se sienta a despotricar de los demás desde su poltrona, es demasiado inteligente para esto, sino que se reserva un capítulo para sí mismo, es responsable y consecuente: ve los grandes defectos en los otros, pero no elude desnudar los suyos. Las búsquedas artificiales de la felicidad o de la inspiración a través de ideales inventados o las drogas suponen para Daumal otra falsedad orquestada por los mercaderes de armas, opio y cocaína. Una quimera a la cual arrojar a los jóvenes para exterminar los excedentes de humanos. 

“Todo esto era tan aburrido, tan poco consistente, y yo estaba tan al margen de todo que ni siquiera intenté ponerme de pie, ni agarrarme, así que me encontré de repente al borde del agujero de la trampilla, manteniendo el equilibrio en el filo, como una hoja muerta que espera el siguiente golpe de viento sin preocuparse de dónde vendrá. Y el siguiente golpe me hizo caer.” (La gran borrachera, p. 168)

El tramo final es absolutamente soberbio, con el protagonista tomando conciencia de esa gran casa-máquina en la cual él y nosotros vivimos, con la luz del sol brillando e iluminando el cielo tras la gran noche de la borrachera.


Su segunda y última novela, El Monte Análogo (Le Mont Analogue, 1944), quedó inacabada. Las ediciones francesas de la misma en Éditions Gallimard, en 1952 y en 1972, recogían todos los textos (sinopsis, un artículo, planes de trabajo y capítulos incompletos finales) que permiten que nos sea posible conocer su desenlace. Con un maravilloso aire a narración de aventuras en el más clásico estilo Jules Verne entremezclado con una simbología diáfana, sin afán de oscurantismo, Daumal nos dejó aquí una pequeña obra maestra que quizá provoque cierta frialdad al lector habitual de literatura fantástica debido a su truncado final, pero que hará las delicias de todos los amantes de lo raro y lo extraño. Y con un sentido del humor vital y contagioso que ya da apuntes desde su mismo título, pretendidamente grandilocuente y exagerado: El Monte Análogo: novela de aventuras alpinas no euclidianas y simbólicamente auténticas.

Todo comienza cuando el narrador recibe una carta entusiasta de un lector que ha leído un artículo suyo sobre el significado simbólico de las montañas en diversas culturas, religiones y mitologías, consideradas como una vía que une la Tierra con el Cielo, lo humano con lo divino. Fue publicado en La revista de los fósiles y, a pesar de haber transcurrido sólo tres meses desde su publicación, él mismo ya lo había olvidado. El desconocido lector le propone, nada más y nada menos, una excursión a ese Monte Análogo, del que desde su cima se podrá observar el Universo desde una nueva perspectiva, al cual el protagonista hacía alusión en su texto. El autor de la eufórica misiva es Pierre Sogol, un personaje estrambótico y genial, y sin duda uno de los mayores aciertos de esta novela: uno de esos caracteres que, por medio de la fascinación y el asombro que provocan en el narrador, se contagia enseguida al lector. La presentación de Sogol es divertida y apabullante, digna de las mejores páginas de Verne, desde su permanencia en un monasterio herético hasta sus alucinantes inventos (el espejo que mire quien se mire en él se ve a sí mismo con cara de cerdo, por ejemplo, o el alucinante sistema instalado en su jardín con notas para recordar). La pasión de Sogol es la de entender, la necesidad de saber el por qué de las cosas, de ahí su pasión por no dejar de intentar alcanzar la cima del misterioso Monte Análogo. Éste se oculta a la vista debido a una curvatura del espacio a su alrededor. Einstein, Eddington y Crommelin adaptados al más delirante y brillante relato fantástico.


Los títulos de los dos primeros capítulos (los del tercero y cuarto son más convencionales), y en especial los extensos subtítulos a la manera de las novelas antiguas, son geniales: suponen una descripción irónica y muy divertida de todos los acontecimientos que se narrarán en ellos, como un resumen en clave humorística. El coqueteo de Daumal con las vanguardias, sobre todo con el surrealismo, con el cual pronto chocó por la estrechez programática de André Breton y los suyos, y por su condición de poeta han provocado que su obra en prosa sea analizada siempre desde un prisma intelectual, cuando lo que precisamente más destaca y la convierte en inolvidable sea aquello por lo que sus exégetas menos lo aprecian: El Monte Análogo es una brillante, luminosa y magnífica novela de aventuras. Permite, cómo no, todo tipo de lecturas filosóficas, como por otra parte sucede con muchas otras obras del género, pero se olvida con frecuencia ésta que, a mi gusto, es la que convierte esta narración inconclusa en una joya. Aunque el viaje se presenta en su preparación y desarrollo de una forma verista y detallada a la manera del genial Verne, la inclusión de unos inventos que bordean la ciencia ficción especulativa más naif rompe este tono ultra realista y nos mantiene en el terreno de lo fugaz y lo imaginario. Esto y el sistema de medición de la potencia del pensamiento humano de Sogol, una fruslería intelectual que se nos antoja entrañable porque viene de él. Si hubiera sido cualquier otro quien nos lo hubiese presentado, de seguro nos habría parecido una banalidad insufrible.

El relato avanza con las sempiternas notas divertidas, así el nombre del barco de la expedición, que no es otro que Imposible, o bien, también siguiendo esa tradición de las novelas primigenias desde El Quijote, utilizando el recurso de introducir en el cuerpo de la narración principal un relato breve que sirve de entretenimiento, en este caso, a la un tanto aburrida tripulación mientras todos esperan encontrar la entrada al campo que rodea al Monte Análogo, ése que oculta la isla sobre la que se alza a los ojos de los humanos. “Esperar durante mucho tiempo lo desconocido desgasta el motor de la sorpresa.” (p. 91) Así la maravillosa historia de los hombres-huecos y la Rosa-amarga, que nos deriva de lleno al fantástico más desatado. Ya al pie del Monte, el más extraño vergel de la Tierra, nos encontraremos con el Puerto de los Monos, cuya fascinante población está formada por todos los descendientes de viajeros y marinos de todas las épocas que han ido llegando hasta allí buscando coronar el Monte. Algo de condenación, de penar eterno, subyace sin forma concreta pero de manera real en esa sociedad en la cual los guías de la montaña suponen el escalafón más alto de la misma. Los fenómenos ópticos y mecánicos imposibles se suceden: las cámaras no graban ni registran imágenes, el sol sale y se hunde por el mismo punto del horizonte… El hecho de dejar constancia de que entre los viajeros ha habido diversas pero naturales fricciones fruto de tener que compartir un espacio reducido, el del barco, es una prueba más del deseo de Daumal de nunca dejar de contar una historia de aventuras a la Verne pero desde la perspectiva más moderna de un autor de mediados del siglo XX. Como sucede con el clásico autor, su obra se presta también a múltiples interpretaciones filosóficas y religiosas, ya lo hemos comentado, pero no tienen por qué ser las únicas, puede que incluso ni las prioritarias. Están ahí, son el producto de la educación y las vivencias de ambos escritores, y como toda aventura las suyas también son historias de iluminación y crecimiento.


El Monte Análogo termina de manera abrupta en el capítulo cinco, justo en mitad de una narración que tiene como eje central el efecto mariposa. Daumal tenía previsto que constara de siete capítulos. Dejó cuatro completos y un quinto incompleto, pero por sus notas y guiones podemos conocer el resto de la historia. Se añaden además en la edición de Atalanta otros textos que se relacionan o en algún caso explican detalles de la obra, de los que destacaría unas líneas de gran belleza que escribió Daumal para presentar su novela. También se incluye un sensacional artículo, Unos cuantos poetas franceses del siglo XXV (1941), que es toda una genial muestra de otro tipo de ciencia ficción: el del ensayo sobre un tema imaginario o inventado. Daumal ofrece dos cosas: una burla despiadada de todas las escuelas y corrientes poéticas de su presente y un divertido retrato de cómo podría ser esa sociedad del futuro vista a través del original enfoque de analizar a sus poetas. En ambos casos, el autor sale triunfante. Lo cual presta mayor fuerza a su conclusión final: la verdadera poesía está allí donde no se habla de ella. Aunque Daumal la ha tocado con sus dedos en sus hermosas palabras finales.

En el epílogo de Clara Janés, curiosamente ésta atribuye el final de la expedición de los “rajados” que no van en la de Sogol y el protagonista, esto es, la formada por los cuatro personajes iniciales que deciden no acompañar a nuestros héroes, al desenlace de la expedición de estos. Así pues ese viaje infernal a la codicia humana no es el que corresponde a los primeros, sino a los que abandonaron el camino desinteresado y puro de los protagonistas. El final ideado por Daumal está mejor explicado, y con más claridad, en la Nota preliminar de Alberto Laurent en la edición de la editorial Abraxas de la novela. El Monte Análogo es un clásico de la novela de aventuras y también de la ciencia ficción. Merece la pena compartir su fantástico viaje y perderse en las visiones de ese Monte misterioso e incomprensible que por momentos nos recordó al que se eleva en el corazón de esa otra obra magnífica y única que es Al otro lado de la montaña (1963) de Michel Bernanos.   

“Ahí, en ese pico, más puntiagudo que la aguja más fina, sólo está el que colma todos los espacios. Allá arriba, en el ambiente más sutil en que todo se hiela, sólo subsiste el cristal de la última estabilidad. Allá arriba, en pleno fuego del cielo en donde todo se quema, sólo subsiste el perpetuo incandescente. Allá, en el centro de todo, está el que ve cómo todas las cosas se consuman en su comienzo y en su fin.” (p. 139)






DAUMAL, René. La gran borrachera. Introducción, traducción y notas de Javier Bassas Vila. (Barcelona): Cabaret Voltaire, 2011. 195 p. Cabaret Voltaire; 27. ISBN 978-84-937643-8-8.

DAUMAL, René. El Monte Análogo: novela de aventuras alpinas no euclidianas y simbólicamente auténticas. Epílogo de Clara Janés; traducción de María Teresa Gallego. Girona: Atalanta, 2006. 177 p. Imaginatio vera; 6. ISBN 978-84-934625-5-0.

DAUMAL, René. El Monte Análogo: novela de aventuras alpinas no euclidianas y simbólicamente auténticas. Edición y traducción de Alberto Laurent. México D. F., Barcelona: Editorial Océano de México, Editorial Abraxas, 2001. 155 p. Fantasía. ISBN 970-651-491-0. 

jueves, octubre 23, 2014

Las mejores historias diabólicas (1975), antología de Albert van Hageland (primera parte)



La editorial Bruguera editó allá a mediados de los años 70 varias antologías de cuentos fantásticos seleccionados por Albert van Hageland, todas con una pinta estupenda y de las cuales sólo ahora he podido leer una de ellas: Las mejores historias diabólicas (1975). A pesar de este llamativo título, su contenido no se ciñe de manera estricta a la temática prometida. Hageland opta por considerar el Mal una derivación de la misma, o bien el término que resume la acción y el deseo de las criaturas diabólicas en su conjunto, por lo cual podemos afirmar que éste sería el nexo de unión real de los diversos relatos que componen el libro. En cualquier caso, lo ecléctico de la selección y la misma declaración de principios de Hageland en el prólogo, en el que anuncia que su única pretensión es ofrecer unas cuantas horas de buena lectura, hacen que importe poco que el tema elegido los englobe de mejor o más difusa forma. En Introducción: la huella demoniaca, el escritor belga realiza un diáfano, entretenido y no falto de humor recorrido por la concepción, la existencia y el sentido del demonio. Desde las civilizaciones y culturas antiguas, donde carecía de acepción peyorativa o maligna, hasta las diversas religiones que lo han adoptado y reinterpretado a su gusto, pasando también por la cultura popular, sobre todo la de tradición oral, la literatura y el cine. Y aclara, además de lo expuesto antes, que no pretende crear un corpus o una relación cronológica de relatos diabólicos, sino tan sólo reunir un buen puñado de historias con el demonio de protagonista estelar o bien de invitado especial, una “guest starring” de lujo. ¡Más que suficiente para este morador de las tinieblas!


La antología se abre, cómo no, con una Carta sobre demonología y brujería, en realidad un fragmento editado de la primera carta incluida en Letters on Demonology and Witchcraft (1830) de Walter Scott, un ensayo dedicado a las apariciones espectrales de todo tipo y no, como haría pensar su título, sólo a demonios y brujas, un poco como el mismo Hageland estaba haciendo aquí. El gran Scott no duda en considerar a estos entes y sus visitas como habituales en aquellos lugares donde triunfa la superstición, o bien que no son sino fruto de ella. Pero va más allá en su empeño en verdad cientificista y racional por explicar tales fenómenos: no le tiembla el pulso al afirmar que se deben a enfermedades, alteraciones de la consciencia y la imaginación cuando no del sentido de la visión, de algún desarreglo de los órganos oculares. Scott, para dar fuerza a sus opiniones, sazona su texto con múltiples historias de apariciones consideradas reales a las cuales da una explicación racional, bien por sí mismo o bien citando a reconocidos médicos o eruditos filósofos, y cuando no es así, sin dejar por un instante de plantear que el hecho de que un fenómeno espectral carezca de explicación no lo convierte en verídico, sino que estamos ante un caso de desconocimiento de sus causas, un desarreglo mental o físico. El no creer en el origen sobrenatural de las apariciones (no las niega: las explica ofreciendo una razón naturalista de origen fisiológico) no impidió a Walter Scott escribir algunos excelentes relatos de terror, distinguiendo a la perfección gusto y emoción de pedestre credulidad y superstición. Se incluye además de su autoría El demonio tranquilo (The Fortunes of Martin Walbeck), un cuento moral en el que un joven carbonero de los bosques de Hartz, en Alemania, ve ascender su fortuna con la misma facilidad y rapidez con la que caerá después. Sus tratos con un demonio local con forma de gigante no podían terminar de otra manera. Un funesto designio para quien se ha dejado tentar por el mal.   


Del excelente escritor francés Claude Seignolle se incluyen también dos relatos. El milésimo cirio (Le millième cierge, 1965) se publicó en su libro Histoires maléfiques. Partiendo de la historia ya típica de un enamorado arruinado, humillado y despechado por una tan hermosa como despiadada mujer, el autor da un bonito giro hacia la mitad del cuento embarcando a su más que desafortunado protagonista en un encuentro con el Maligno y sus funestas consecuencias. No se trata del consabido pacto entre un humano ambicioso y el diablo, sino de una casualidad desastrosa que convertirá a nuestro héroe en su esclavo, o al menos en esclavo de una acción que deberá repetir de continuo si no quiere morir: encender una vela tras otra para que así no se apague nunca la llama, la cual no sólo lo mantendrá con vida sino que le impedirá envejecer. Tiene tan mala suerte este hombre que esto le sucede a mediana edad, no es ningún joven, y con su espíritu ya derrotado por la vida. Su única ambición es ver cómo llega la desgracia en su senectud a la joven que lo engañó. Un buen relato en el que la tristeza y una mórbida melancolía se imponen a cualquier otro sentimiento. La posada del Larzac (L’auberge de Larzac, 1967) fue incluido originalmente en la compilación Les chevaux de la nuit et autres: récits cruels. Una espiral de crímenes espectrales se suceden, y los criminales gozan de una base de operaciones en una abandonada posada en una comarca vencida por la desolación. El fatalismo suele ser el denominador común en las historias protagonizadas por el demonio o que cuentan con apariciones de su satánica majestad. Aunque no se trata en esta ocasión de estrictamente eso, sucede como si tal fuera. Y es que tanto da que se nos aparezca el demonio como que de repente nos encontremos viviendo una existencia de ultratumba en el mismo infierno: Seignolle puede con ello.


Aparte de la introducción, Hageland escribe breves presentaciones de cada uno de los cuentos y sus autores. De El diablo Leeds (Cuento popular americano) (The Jersey Devil, 1903), nos explica que está “tomado de la obra de Charles M. Skinner American Myths and Legends (Mitos y leyendas norteamericanos)” (p. 63). Justo al contrario que la carta de Walter Scott, éste es un ejemplo del poder de la superstición. Se toma nota de la existencia de este terrible monstruo nacido de una comadre y que durante años se dedica a aterrorizar la comarca. Pareciera una noticia periodística en su breve exposición de los hechos, dando como verdaderos todos los rumores e historias contadas de padres a hijos, o bien un informe para conocer a este diablo cuya descripción da origen a todo un puzzle de lo extraño: “(…) teniendo la forma de un dragón, con cuerpo de serpiente, cabeza de caballo, pies de cerdo y alas de murciélago.” (p. 63) Algo así como el Padre Transformer de los demonios.

Un buen salto en el tiempo y nos encontramos con el escritor belga Michaël Grayn en Como un olor de azufre (Comme une odeur de soufre, 1967), dejando claro que el infierno es ese lugar donde las cosas que más te pueden gustar se tornan detestables. Entre burlón y terrible, Grayn construye una buena broma macabra. Otro cuento suyo cierra la antología, La hija del diablo (L’enfant du diable, 1967), del que resulta muy chocante que se hagan referencias a la profesión de psicólogo en una historia que se desarrolla en el año 1532… Aunque su estilo es algo precipitado, incluye una descripción de un aquelarre de brujas y demonios presidido por el mismo Diablo de verdad excelente, infernal, consiguiendo un gran efecto de extrañeza y desazón totalmente… sí, diabólicas.

“El relato que sigue forma parte de sus recuerdos sobre el París antiguo, Contes et facéties (Cuentos y fantasías)” (p.73), presenta Hageland El castillo del diablo (Le monstre vertLe diable vert, légende parisienne, 1849) de Gérard de Nerval. Éste nos introduce con gran intensidad en las catacumbas de la ciudad luz para ofrecernos una visión espectral cómica y terrible a la vez: ¡el baile de las botellas!


El ojo implacable (The Hungry Eye, publicado por primera vez en la revista Fantastic en mayo de 1959) de Robert Bloch nos narra la increíble aventura de un hombre que trabaja de humorista en un club (curiosa profesión para un relato de terror) al que va a parar a sus manos un extraño meteorito. Un meteorito asesino, nada menos, un ojo venido del espacio ávido de sensaciones fuertes, aquéllas que sólo el crimen puede proporcionar. Los humanos serán tanto víctimas como ejecutores a su servicio dando forma a sus anhelos de violencia. Al parecer ha habido muchos de estos ejecutores desde el inicio de los tiempos: ¡así explica Bloch por qué a Jack el Destripador le dio por matar a golpe de bisturí! En fin, ya veis que la cosa es delirante un rato. Llama la atención, si ya parecía poco, la furibunda andanada que de paso lanza Bloch contra los beatniks, la moda tontorrona del momento, y el alto contenido gore del relato. Este horror ultra físico no termina de encajar bien del todo con la trama de horror cósmico que lo envuelve, pero sin resultar un gran cuento sí que, desde luego, es muy entretenido. Quizá incluso debido a la incongruente mezcolanza de cosas tan distintas.

A continuación, la antología nos regala un relato del magnífico Joseph Sheridan Le Fanu: Ultor de Lacy (Ultor de Lacy: A Legend of Cappercullen, publicado en su origen por la Dublin University Magazine en diciembre de 1861). Le Fanu nos presenta en forma literaria lo que él mismo había oído narrar en su juventud en noches tormentosas junto a un acogedor fuego de leña. Espectros y tradiciones irlandesas que se desarrollan en un semi abandonado castillo donde las dos jóvenes hijas del señor venido a menos Ultor de Lacy serán acosadas por fantasmas vengativos del pasado, siendo el más terrible el que traerá la desgracia a la menor de ellas. Fatalismo no exento de un regusto romántico y lúgubre, que si bien no trasciende por completo su origen gótico sí que da muestras de cierto distanciamiento, eje de la obra de Le Fanu, de este estilo literario gracias a las notas de humor que puntean la primera parte del relato. El resto es desolación, y una maldición que se ceba sin piedad en la más inocente de las criaturas. 


jueves, octubre 16, 2014

No hay sangre como la sangre de la Hammer: Terence Fisher (2013), de Joaquín Vallet



Apabullante el trabajo de Joaquín Vallet en su libro dedicado al director británico Terence Fisher: sus inicios como montador, sus años en la serie b más oscura ya como director y su segunda llegada a la productora Hammer Films donde brillaría como uno de los mejores autores de la historia del cine. Análisis concienzudos y de pasión contagiosa de todas sus películas y un repaso a su devenir que, de alguna manera, también es el de la mítica Hammer. Imprescindible, en mi humilde opinión, para amar aún más si cabe a quien ha hecho felices a tantos apasionados del cine fantástico. Puedes leer la reseña en la página web de cine El antepenúltimo mohicano, AQUÍ.


Cualquier película con Peter Cushing, por muy mala que sea, ya nos parece buena sólo porque aparece él. Hala, dicho está. 


"De la perfección de su Drácula a la abstracción prodigiosa de El cerebro de Frankenstein (Frankenstein Must Be Destroyed, 1969), de la belleza mórbida de Las novias de Drácula (Brides of Dracula, 1960) a la que a mi gusto es tal vez una de las mejores películas sobre satanismo jamás rodadas, La novia del diablo (The Devil Rides Out, 1968). Joaquín Vallet ha escrito un libro a la altura de su protagonista que se lee con absoluto placer y que nos ayuda a conocer mejor a Terence Fisher y su obra." 


Unos candelabros igualitos, pero igualitos a esos lucen sobre la chimenea de mi gran mansión. La única diferencia es que a mí ni en uno de mis peores accesos de demencia se me ocurriría darles el uso que les dan en La novia del diablo (The Devil Rides Out, 1968).


Terence Fisher con la actriz Susan Denberg repasando el guión de Frankenstein creó a la mujer (Frankenstein Created Woman, 1967). 

VALLET, Joaquín. Terence Fisher. Madrid: Cátedra, 2013. 297 p. Signo e imagen / Cineastas; 96. ISBN 978-84-376-3164-6.

One of us!: Tod Browning (2011), de José Manuel Serrano Cueto



Tod Browning es un director de cine adorado en La décima víctima. ¡Cómo no! Comentamos para la página de cine El antepenúltimo mohicano el libro que sobre él ha escrito José Manuel Serrano Cueto, AQUÍ


Garras humanas (The Unknown, 1927) es una de nuestras películas favoritas de su filmografía. Lon Chaney, su aliado en el horror y el melodrama más descarnado, estaba en ella, una vez más, insuperable.


"El cine de Tod Browning está plagado de imágenes inolvidables, de escenas extrañas y fascinantes que se graban en la mente con la fuerza de un inusitado fuego: la oscuridad de la jungla punteada por las fosforescencias de sus miasmas en Los pantanos de Zanzíbar (West of Zanzibar, 1928); el rostro terrorífico de Lon Chaney en las fotografías que se han conservado de La casa del horror (London After Midnight, 1927); (...)." 


La verdad es que hay en su cine obras para elegir sin cansarse, pero dejadme que me decante por La marca del vampiro (Mark of the Vampire, 1935), tal vez no una obra maestra pero sí una película por la que sentimos un cariño especial. Y quizá también la película con la colección más impactante y gloriosa de fotografías vampíricas gracias a contar con nuestro admirado y mítico Bela Lugosi y la impresionante presencia hipnótica de Carroll Borland.





SERRANO CUETO, José Manuel. Tod Browning. Madrid: Cátedra, 2011. 267 p. Signo e imagen / Cineastas; 87. ISBN 978-84-376-2880-6.

La razón y la pasión: Michael Powell y Emeric Pressburger (2002), de Llorenç Esteve



Adoro las películas de Michael Powell y Emeric Pressburger, por lo que reseñar este libro para la página de cine El antepenúltimo mohicano ha sido todo un placer. Llorenç Esteve ha escrito un ensayo a mi gusto fundamental para conocer la obra de estos dos genios: profundo, documentado y apasionante de leer. Consigue lo más bonito que puede pretender un libro de este tipo, y esto es que amemos más aún la obra de sus protagonistas.


Dos imágenes de la prodigiosa e inolvidable secuencia del duelo en una de mis películas favoritas de todos los tiempos, Vida y muerte del coronel Blimp (The Life and Death of Colonel Blimp, 1943), obra maestra de Powell y Pressburger, 


"Muchas películas te marcan de niño. En mi recuerdo, brillan de manera especial dos de ellas: Las zapatillas rojas (The Red Shoes, 1948) y Narciso negro (Black Narcissus, 1947). Primero por su impacto estético: pocas había visto tan hermosas como aquellas. Y segundo porque hicieron que me fijara en quién las había hecho, su director, que en ambos casos eran dos, algo inhabitual."

Puedes continuar leyendo la reseña AQUÍ



Sé adonde voy ('I Know Where I'm Going!', 1945) es otra maravilla, una película quizá con un punto de partida algo más modesto pero que conmueve y emociona como la más grande. 


ESTEVE, Llorenç. Michael Powell y Emeric Pressburger. Madrid: Cátedra, 2002. 370 p. Signo e imagen / Cineastas; 55. ISBN 84-376-1950-5.

jueves, octubre 09, 2014

Hotel Infierno (1981), de Adam Surray



“Nicholas Grahame nunca fue un individuo atractivo.
Tenía los ojos demasiado saltones. Unos ojos de sapo adornados con unas cejas muy pobladas y negras. La frente abombada. Como si hubiera recibido un martillazo en ella. Pelo escaso. Tirando a semicalvo. De ahí que sus grandes orejas destacaran poderosamente.
No.
Nicholas Grahame no era atractivo.
Y ahora, en aquella caja de madera, lo resultaba menos.
Estaba muerto.” (p. 5)

Resulta del todo imposible que semejante comienzo para una novela no me resulte atractivo. Aunque nuestro admirado Adam Surray (sobrenombre de José López García) ofrece en esta ocasión sus galas más recortadas a lo Joseph Berna, la efectividad de su golpe macabro inicial es fantástico. Nicholas Grahame nos es presentado en el día de su triste y solitario funeral. Sólo su socio Walter Lemon le hace compañía en tan luctuosos momentos, y no muestra muchas ganas de estar con él. Eran socios de un serpentarium instalado en un destartalado edificio de tres plantas por el que Arthur Driscoll, el administrador de un gran hotel, ha hecho una oferta de compra que será efectiva justo al día siguiente al del entierro. El bueno de Lemon, ya en su deslucida casa cohabitada por toda clase de especies de serpientes en sus urnas, recuerda lo mal tipo que era su poco agraciado compañero de negocios. ¡Vaya elemento! Mejor que esté muerto y bien muerto. Pero Lemon apenas si ha podido dar un primer trago de güisqui en libertad cuando un visitante inesperado le interpela desde el sillón donde permanecía oculto. Y sí, habéis acertado: ¡se trata del mismo Nicholas Grahame de cuerpo presente! Pero ojo, que no está vivo. O eso le cuenta al estupefacto Lemon. El caso es que lo han mandado al infierno al morir, pero lo han echado porque no había plaza para él. Con semejante arranque no sé vosotros, pero yo ya estaba disfrutando como un poseso con este Hotel Infierno.

Surray continúa su relato fundiendo lo macabro y un humor negro desatado con una sencillez que no nos puede resultar más entrañable. Así, nos enteramos de que el malvado Grahame, ése al que no quieren ni en el infierno, ha sido reclutado por el mismo Lucifer para seleccionar almas, reclutarlas para, atención, hacerlas trabajar de albañiles en una nueva construcción del infierno para hacer sitio, que la cosa está apurada de espacio, ya lo vimos. Esto nos lleva a pensar para qué demonios, nunca mejor dicho, necesitan reclutar más condenados si ya sobran, pero dejemos esta cuestión en el aire mefítico de la nada y volvamos a este edificio infernal cuyos planos ha realizado Satanás, también arquitecto además de Príncipe del Mal al parecer, y que ha sido nombrado con el rimbombante título de Círculo de las Eternas Sombras: “Un nuevo círculo del infierno que jamás será colmado.” (p. 15)

Grahame tiene tres días para sembrar el caos en la Tierra, tiempo que es el que se demorará la construcción de este nuevo lugar de castigo infernal que superará todo lo visto hasta ahora en el infierno, y hasta puede ser premiado, cosa que Lemon no duda ni por un instante que su socio conseguirá, por su trabajo y pasar de ser un condenado de a pie y grillete a espíritu infernal de pro, además de guardián y castigador en el Círculo de marras. Las referencias a Dante, por descontado, se suceden. Siempre indicando, con toda la alegría del mundo, que el pobre bardo italiano se quedó corto en sus descripciones… Grahame se dispone a desatar el horror en el hotel cuyos dueños lo son ya también de su serpentarium, que para algo en su retorno del averno se ha traído consigo un montón de maléficos súper poderes. Y así descubrimos al fin cuál será ese Hotel Infierno que nos anunciaba el título.

Tras dos capítulos a modo de introducción presentándonos a los “malos” de la historia, Surray nos da a conocer a una joven pareja justo en el momento más inoportuno para ellos, vaya, pues están a punto de refocilarse entre las sábanas. Mickey Kellerman es el atractivo protagonista, el detective del hotel, de carácter burlón y algo traviesillo con las clientas. En fin, está más pendiente de dejarlas satisfechas que de atender las tartamudeantes y coléricas llamadas de su jefe. La chica es una belleza de gordezuelos y húmedos, como es de rigor en las chicas Surrey, labios. Walter Lemon a su vez también ha sido contratado por los gerifaltes del hotel para que instale allí su serpentarium. Hasta aquí todo resulta muy delirante y locuelo, por lo que me estaba gustando a rabiar. Pero, ay, a partir de este momento, y aún quedaba mucho por delante, todo deviene funcional y algo mecánico. La normalidad y lo previsible comienzan a campar a sus anchas, y si esto hace que la novela sea cada vez menos interesante según se avanza en ella, Surray sabe mantener el pulso. Tras unos excelentes capítulos iniciales, nuestro autor se dedica a contarnos tres crímenes horripilantes estilo giallo no muy diferentes a los que hemos leído en otras novelas suyas (destaquemos su perversa obsesión por las víctimas femeninas brutalmente violadas y asesinadas), como es de esperar con serpientes de por medio recurriendo al facilón truco de que el hecho de que aparezcan estos reptiles será suficiente para provocar el máximo horror. A esto debemos añadir un desenlace que por desgracia desmonta toda la trama fantástica. Como relato criminal es verdad que no disgusta, pero es una lástima que su locura inicial sea olvidada con tanta prontitud. Quizá empuja más a que la sensación final sea negativa el hecho de que el texto acusa un exceso de erratas tipográficas que afean el conjunto sin remisión.


SURRAY, Adam. Hotel Infierno. Ilustración de portada: Antonio Bernal. Barcelona: Bruguera, 1981. 94 p. Bolsilibros Bruguera, Selección Terror; 452. ISBN 84-02-02506-4.