lunes, noviembre 23, 2009

La bestia debe morir, de Nicholas Blake (1938)

Nicholas Blake (1904-1972) es el seudónimo bajo el cual el poeta Cecil Day-Lewis publicaba sus novelas policiacas. Nigel Strangeways fue el detective que creó para protagonizar casi todas ellas. La bestia debe morir es la más conocida, y con razón. Un escupitajo en la cara del lector más descuidado, esta novela es el perfecto ejemplo para que aquellos que piensan que la novela negra es la dura y la detectivesca la burguesa deban ir rápidamente a que se lo hagan mirar.

En su primer tramo, la novela toma la forma de diario. Un relato convulso, enfermo, venenoso. El hijo pequeño de Frank Cairnes es atropellado y el coche se da a la fuga. En su atormentado diario, el bueno de Frank comenzará a escupir su dolor y su veneno hacia el asesino, mostrando una enfermiza obsesión por asesinar a la bestia que mató al niño, convirtiendo este deseo de matarlo en el eje de su existencia. La ira, el tono desesperado del narrador, su odio, se dejan sentir en cada frase. Todo es hiriente. El sufrimiento que siente nos llega a través de sus retorcidas y malvadas opiniones, de sus comentarios dañinos fruto de la desesperación de aquel a quien le ha sido arrebatado lo único que llenaba su vida, de aquello que daba sentido a su existencia. Pero siempre resultan ingeniosos, tocados por la clarividencia de quien habla sabiendo que ya nada importa.

El protagonista, el mencionado Frank Cairnes, es escritor de novelas policiacas que firma con el seudónimo de Felix Lane. De continuo lanza bromas en el texto, su diario, sobre las frases o convenciones que se usan en tales novelas y que él no puede evitar utilizar. Esto añade, más si cabe, fuerza a la narración. Un solo paso de la ironía al sarcasmo, y lo da con frecuencia. Para deleite del lector, claro: el sarcasmo inteligente no tiene nada que envidiar a la ironía brillante.

Como he comentado, en su primera parte la novela desgrana el atormentado diario de Frank Cairnes, apabullante y demoledor en su mala baba. Tras esta tremenda entrada, sigue un paseo en barco por un río que ahoga el aliento. La narración abandona ya la primera persona para instalarse, desde aquí hasta el final, en la tercera. Y tras cortarnos la respiración, Nicholas Blake nos da un respiro presentándonos, hacia la mitad del libro, a su detective Nigel Strangeways y a su esposa Georgia en una deliciosa escena costumbrista. Breve, pues enseguida Nigel es reclamado para resolver un nuevo caso: aquél que afecta de manera directa a nuestro enloquecido por el dolor señor Cairnes. El enredo es mayúsculo, y el autor nos ha llevado hasta aquí de un soplo de forma magistral.

A partir de entonces la novela se convierte, eso sí, en un relato más o menos normal dentro de lo que es el género detectivesco: los sospechosos habituales encerrados en una casa y todos ellos con sus buenas razones para deshacerse de la maldita bestia ahora cadáver. Eso sí, su desarrollo descreído y su final amargo lo alejan de lo convencional.

Toda su primera parte resulta pues brutal y despiadada, negrísima. Cuando termina, comenzamos a navegar por aguas más seguras, reconocibles. Pero conservando aún en el rostro el espanto por el que acabamos de pasar, la tormenta infernal por la que Blake nos ha hecho zozobrar de continuo.

Excelente novela del papá de Daniel Day-Lewis, el famoso actor. Yo prefiero, de largo, al padre, claro.

BLAKE, Nicholas. La bestia debe morir. Traducción de J. R. Wilcock. Madrid: El País, 2004. 222 p. Serie negra; 31. ISBN 84-96246-92-2.

viernes, noviembre 13, 2009

Harry Stephen Keeler adaptado al cómic

Bueno, pues eso mismo es lo que hemos hecho mi buen amigo Fermín Solís y yo con una de las más conocidas, si es que tal término se le puede aplicar hoy día, historias de nuestro admirado y genial escritor de novelas de enrevesada intriga Harry Stephen Keeler. Se trata de La extraña historia del dólar de John Jones, asombroso relato incluido en su novela La cara del hombre de Saturno.

Si bien no hemos sido rigurosos con la letra, sí hemos intentado serlo con el espíritu de Keeler. Así, estamos convencidos de que los amantes de la obra de este autor único sabrán perdonarnos los cambios teniendo en cuenta que el resultado respira como un Keeler puro. Eso esperamos, al menos.

Podéis leer esta historieta en el número 14 de la revista Barsowia. Si sabéis gallego, claro, jeje.

miércoles, noviembre 11, 2009

Que vienen los indios: niños malos



Lanzo AQUÍ el programa de Canal Extremadura Radio Que vienen los indios dedicado a los niños malos (para bajarlo, pinchad con el botón derecho del ratón sobre el archivo de 92 MB - MPEG2 y seleccionar "guardar como"). Dirigido y presentado por Kanuto (SpaceRockHeaters, avuelapluma, Mensajes para la humanidad) y contando en esta ocasión con Verónica Guillén y conmigo ejerciendo de pequeños perversos. Se emitió el 8 de agosto del presente año.

Porque de eso hablamos, de cómo el cine nos muestra en sus mejores ocasiones malvados infantes, despiadados críos, diabólicos niñatos. Recordad: de ellos es el futuro.

Abrimos fuego con la excepcional Mala semilla. A continuación, no hago más que abrir la boca y provoco que toda la vergüenza y todo el oprobio del mundo caigan sobre mí con razón. ¡Ay! Así, evidentemente, cuando me refiero a una novela de John Wyndham que es un claro precedente a la de José Saramago Ensayo sobre la ceguera, no se trata de Los cuclillos de Midwich, base de El pueblo de los malditos, sino de El día de los trífidos. ¡Reay! Menos mal que Kanuto salva el día...


Y bueno, ya sabéis: un montón de películas con niños malévolos de protagonistas, un aparte dedicado a algunas buenas series de dibujos animados (Las Supernenas, Las macabras aventuras de Bill y Mandy y Agallas, el perro cobarde) y un final de traca dedicado a todos esos actores juveniles que han terminado, ejem, en el cine porno.


En fin, espero que vuestra magnanimidad sepa disculpar mi disparatado dislate. La verdad es que me paso todo el programa como despistado, como si no estuviera allí. O bien que en realidad no soy un niño malo, sino más bueno que el pan y no estoy capacitado para hablar del mal. Será esto último, jeje.