martes, septiembre 02, 2008

Algunas mujeres no esperan, de A. A. Fair (1953)



Como queda bien claro en la portada, A. A. Fair es el sobrenombre bajo el cual Erle Stanley Gardner firmaba sus obras correspondientes a las aventuras de la pareja de investigadores privados Bertha Cool (B. Cool) y Donald Lam. Ésta corresponde al número 14 de la serie.

Quiero detenerme un poco en comentar los dos personajes protagonistas, un verdadero acierto creativo de Gardner y el motor sobre el que sustenta esta chispeante novela.

Ella, Bertha Cool, es la terrible jefa, de carácter arrollador, tan decidida como impetuosa. Él, su joven socio, es un hombre tranquilo, de ademanes y espíritu pausados y prudentes en contraposición a su ágil mente. La suma de estas aptitudes forman un investigador excepcional. Eso sí, algo enamoradizo.

La buena de Bertha no es tan inteligente como el joven Lam, pero que no nos confundan su carácter desabrido y sus modales imposibles: no ser muy inteligente no te convierte automáticamente en un tonto. Al menos no en este caso. El problema está en que para Bertha lo más importante de un caso es cobrar el cheque y obtener los máximos beneficios económicos: pensar es tarea de su socio. He aquí un par de detalles que nos ayudarán a conocerla: “(...), una mujer de ochenta y dos kilos, ojos ambiciosos y ansiosa de dinero” (p. 6); “Bertha era dura como un rollo de alambre de púas...” (p. 7). Y aunque parezca difícil de creer, un encanto en el fondo.

El tono de la narración es muy divertido, tanto por las situaciones como por los personajes. La acción se desarrolla primero en un barco de lujo repleto de ricachones y ricachonas alrededor de los cuales pululan jovencitas y jovencitos ávidos de aventuras. Aventuras de ésas que implican cama, champán y ríos de dinero, se entiende, con la posterior boda de rigor: una caza de la fortuna ejecutada sin cuartel. Posteriormente, la acción se traslada a la isla de Honolulú, un ambiente relajado y sensual donde no por esto deja de habitar el crimen.

La omnipresente diferencia de carácter entre los dos protagonistas, sus enfrentamientos y las jugarretas que se hacen el uno al otro resultan descacharrantes y encantadores. En veinte páginas ya adoras a estos personajes y deseas conocerlo todo de ellos. Pero no sólo de los dos detectives: en diez líneas, la secretaria de ambos, Elsie Brand, ya es adorable; la joven viuda víctima de un supuesto chantaje Miriam Woodford (Mira) y su amiga Norma Radcliff nos fascinan con su alegre inconsciencia y su desatada sensualidad; y el vejete podrido de dinero Stephenson D. Bicknell se nos antoja maravillosamente detestable.

El embrollo criminal, un lío de narices como está mandado, engancha y se sigue con interés. La excitación que se apodera de los personajes en el barco, esa atmósfera tan de película de los años cuarenta de crucero atiborrado de ricos y tramposos compartiendo una especie de fiebre colectiva, resulta admirable en su descripción de manos de Gardner.

Y en la isla la locura se multiplica. Su ambiente relajado y sensual está reflejado de manera intensa. No sólo se contagia del mismo la avariciosa y agria Bertha, que acaba bailando al ritmo de la música de la isla con una copa en la mano y muchas más en el cuerpo, sino también el lector. O al menos yo, qué os voy a decir.

Gardner, quizá escudado por el seudónimo, nos regala encendidas descripciones de los cuerpos bajo el calor, la playa y el desenfreno propio de quienes piensan poco en lo que derivará de sus locuras.

En conjunto, una novela ágil, muy divertida y entretenida al máximo. Gardner es conocido por ser el autor de las excelentes aventuras del abogado Perry Mason, pero creedme si os digo que son las de los magníficos Cool y Lam las que de verdad me han enganchado a él.


En esta ocasión, los dibujos de portada y contraportada, al contrario que en las dos novelas de la colección Laberinto comentadas justo antes de ésta, sí tienen relación con el contenido, si bien la chica que aparece en la ilustración de la trasera viste un traje de baño que en la novela pues, la verdad, o no aparece por ningún lado (el traje, digo), o bien está compuesto por mucha, pero que mucha, menos tela...

FAIR, A. A. Algunas mujeres no esperan. Traducción de María Teresa Domínguez de Garza. México, D. F.: Editorial Cumbre, 1956. 199 p. Laberinto.