viernes, noviembre 09, 2007

Philip K. Dick y Joseph Sheridan Le Fanu se dan un paseo por la oscuridad, vuelven y nos lo cuentan

“¿Cómo es posible que los días, los acontecimientos y los momentos agradables pasen a ser horribles en tan poco tiempo, sin ninguna razón, sin ninguna razón verdadera? Simplemente cambian. Sin ningún motivo.” (Una mirada a la oscuridad, PKD, p. 128)

Hay libros que pueden salvarte de una mala situación en determinado momento. O quizá tan sólo ayudarte, pero la sensación es de que te han salvado de... Bueno, en mi caso ni tan siquiera sé bien de qué. Pero su lectura ha resultado un bálsamo. Un bálsamo bien amargo, todo sea dicho.

Se ha escrito tanto de Dick y en muchas ocasiones tan bien (Emmanuel Carrére en Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos o Pablo Capanna en Idios kosmos: claves para Philip K. Dick) que considero inútil e insustancial lo que yo pueda decir.

Pero como todo yo soy inútil e insustancial, algo comentaré. Y en lo que me voy a detener es en establecer un curioso vínculo entre Philip K. Dick y el genial autor de literatura fantástica del siglo XIX Joseph Sheridan Le Fanu. Un puente que se puede construir con facilidad pasmosa si levantamos el primer pilar en Una mirada a la oscuridad (1973-75).

Si comparamos el título original de la novela de Dick, A Scanner Darkly, con el del volumen de relatos del escritor irlandés In a Glass Darkly, comprobamos que ambos toman como referencia la Primera epístola a los corintios del Nuevo testamento escrita por Pablo. Reproduzco de ésta los versículos 9 al 12 del capítulo 13:

“9. Porque en parte conocemos, y en parte profetizamos;

10. mas cuando venga lo perfecto, entonces lo que es en parte se acabará.

11. Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño; mas cuando ya fui hombre, dejé lo que era de niño.

12. Ahora vemos como en un espejo, en oscuridad (oscuramente); mas entonces veremos cara a cara. Ahora conozco en parte; mas entonces conoceré como fui conocido.”

Cito ahora a Pablo Capanna de su magnífico ensayo dedicado a PKD: “Para discernir entre la apariencia y la realidad, Dick solía apelar a menudo a la metáfora de San Pablo, (...). La expresión suele traducirse como “a través de un vidrio oscuro” para sugerir una visión turbia y distorsionada, aunque el texto alude a una imagen refleja, como la que se produce en un espejo. De hecho, se trata de una metáfora similar a las sombras de la caverna platónica.” (p. 76)

Capanna nos señala cómo, de manera más que evidente, Dick muta ese espejo por un scanner.

Y ese scanner es, añadimos nosotros, el mismo de Le Fanu en su espejo, en su vidrio oscuro a través del cual percibimos una imagen deformada, alterada de la realidad.

Ambos títulos (el de Dick, el de Le Fanu) parten de esta cita para adelantarnos sus intenciones, lo que nos ofrecen: un reflejo borroso de la realidad, su lado oscuro o tal vez el verdadero, el que tan sólo entrevemos a través de la niebla, aquél que no nos permite dilucidar en cuál de los dos lados del espejo se encuentra lo real, la verdad. ¿Quiénes somos? ¿Somos el que mira o el reflejo? Es la eterna pregunta que se repite libro a libro, novela a novela, relato a relato, Philip K. Dick.

Té verde (1869), el magnífico cuento alucinógeno de Sheridan Le Fanu, sería entonces un antecedente de la novela de Dick. No sólo por su temática (la percepción alterada por una sustancia que provoca alucinaciones), sino desde el mismo título de la antología en la cual se incluye, tan revelador de las intenciones de su autor: In a Glass Darkly. Ésta recopila las cinco aventuras que tienen en común el formar parte del archivo del doctor Martin Hesselius, el investigador de lo sobrenatural ancestro de tantos otros que vendrían después, cuya intención es mostrar esa otra realidad, la que permanece oculta a nuestros ojos como si se encontrara tras un velo, o reflejada de manera oscura, borrosa, en un cristal, la que nos obliga a detener la vista, a fijarnos con precisión si queremos aprehenderla, que se nos antoja fantasmal y que, quizá, sea tan real que transforme lo cotidiano en espectral.

Porque eso es lo que somos: espectros paseando por el fondo de un cristal. Quizá por eso, quien se detiene a mirarse no le gusta lo que ve: porque no se reconoce. La imagen que uno tiene de sí mismo no es lo real, ni la que tienen los demás, ni tan siquiera la suma de todas ellas.

La disociación de personalidad que sufre el protagonista de Una mirada a la oscuridad no es entonces una paranoia particular: es un reflejo (oscuro) de lo que somos todos. Espectros irreconocibles que se mueven en mundos inventados hechos a medida para poder sobrevivir.

En la novela de Dick, el trío de personajes que comparte piso (Luckman, Barris y Arctor) asemejan el trío de Valis. Hay un detalle, que no desvelaré por no destripar una sorpresa de la trama, pero que resulta evidente al leerlo, que une a Arctor con Amacaballo Fat de forma delirante. El sentimiento de reconocer, de visitar algo conocido pero a la vez distinto en Una mirada a la oscuridad con respecto al resto de la obra de Dick es, como habrá comprobado todo aquél que ya haya leído un buen puñado de obras de PKD, sobrecogedor, embriagante, nos atenaza y nos lleva de la mano, en ocasiones más diría del cuello, a donde quiere el autor: al corazón de la paranoia. Valis no es una rareza: es una consecuencia, el fin de un camino que de no haber muerto Dick vete a saber a dónde nos habría llevado.

Una mirada a la oscuridad es irónica y dura, pero se percibe el cariño que Dick siente por casi todos sus personajes: destilan calidez. Y aunque el final se adivina con facilidad, no por eso al llegar a él uno deja de sentir que le han dado un cabezazo en la cara.

La dedicatoria final emociona hasta las lágrimas. Una novela escrita con las tripas, sí, visceral, pero incluyendo el corazón. Sobrecogedora y genial, para mí es uno de los mejores libros de Dick que he leído.

Té verde es el relato de Le Fanu que encuentro más afín al espíritu de Dick. O viceversa, claro. Se trata de un relato escrito en forma epistolar formado por las cartas que el doctor Hesselius redactara a su amigo el profesor Van Loo. Presentado por el secretario del doctor, éste nos informa de cómo ha ordenado las cartas de su maestro, las ha pulido formalmente (¡hasta ha traducido las que no estaban en inglés!), ha cambiado nombres y ha eliminado los párrafos más científicamente áridos para hacerlos más asequibles al lector. No puedo dejar de verlo como un antecesor del bueno de Watson, el compañero y redactor de las aventuras de Sherlock Holmes, la genial creación de Arthur Conan Doyle.

Lo primero que llama la atención es la actitud del reverendo sobre el que se centra el interés, y posteriormente la investigación, del doctor Hesselius. Sufre unas horribles alucinaciones, y es adicto al té verde, potente alucinógeno.

“El reverendo Mr. Jennings es todo un caballero. Eso no quiere decir que la gente no le note algo raro, algo extrañamente ambiguo. No es capaz de decirse la gente (sic) de qué se trata, pero yo lo descubrí muy pronto. El reverendo Mr. Jennings tiene una manera muy particular de mirar de soslayo la alfombra, como si sus ojos siguieran con angustia el movimiento de algo que los demás no podemos ver. No siempre es así, claro; sólo le ocurre de vez en cuando, aunque con la frecuencia necesaria como para darle un aire raro, para hacer que sus maneras y su proceder sean cuando menos sorprendentes. Hay tanta ansiedad, angustia y timidez en esa mirada suya que se derrama por el suelo...” (p. 16)

¡Podría tratarse de uno de los drogadictos de la novela de Dick!

Un hombre en constante alarma, como se lo definirá líneas después, y al que le asaltan horribles visiones incluso cuando está oficiando misa: comienza a rezar en voz baja aterrorizado, llegando en ocasiones a abandonar el púlpito para ocultarse en la sacristía.

Éste es el dibujo que realiza Le Fanu de su paranoico personaje.

Emmanuel Swedenborg, “teósofo, místico y hombre de ciencia sueco” (según se nos indica en la nota de la página 23), otro visionario que acabó “preso de la enajenación mental”, aseguraba conversar con espíritus y ángeles. Su obra será la guía espiritual del reverendo Mr. Jennings, en concreto la Arcana Cælestia, ocho volúmenes que, sin echarle mucha imaginación, nos llevan rápidamente a pensar en la Exégesis de Philip K. Dick. Para éste, el papel que juega Swedenborg en la vida de Mr. Jennings lo desempeñará el filósofo presocrático Heráclito (para la influencia ejercida por Heráclito en PKD ver el libro de Capanna, página 80).

En la novela de Dick, la droga alucinógena que consumen sus protagonistas es la Sustancia D (Death, Muerte); en el relato de Le Fanu, la Sustancia D es el té verde.

La historia del autor irlandés se desarrolla en un tono fúnebre: el mismo que el de la novela de Dick, pese a los destellos de humor típicos de éste. La visita del doctor Hesselius a la solitaria casa del reverendo perdida en los sombríos bosques de Richmond asemeja el descenso a una tumba. El ocaso del día, la penumbra de la habitación, el rojo atardecer sobre los silenciosos árboles forman el depresivo y oscuro telón de fondo en el cual Mr. Jennings, enfermo y demacrado, él mismo un espectro moribundo, narrará al fin su triste aventura al doctor Hesselius. El cerebro alterado por estimulantes dará paso a la visión interna, que llevará al reverendo a contemplar frente a frente su versión del horror.

Como en la novela de Dick, Le Fanu recurre a los científicos más reputados de su época para dar credibilidad a su aparición demoníaca. El mundo de los espíritus (Le Fanu) y la disociación (Dick) se avalan así, se explican con un erudito (y alterado interesadamente: el primero por puro placer narrativo, el segundo por necesidad vital de comprenderse a sí mismo) andamiaje científico. Ambos seguían con verdadero interés los descubrimientos y avances del psicoanálisis en sus respectivas épocas.

Por lo demás, el relato de Le Fanu resulta aterrador, el clásico ejemplo de historia que, mientras uno la está leyendo, no deja de alzar la vista nervioso a todos lados pues siente cómo algo se mueve justo allí donde se encuentran los límites de nuestra visión. Y estamos solos.

No puedo imaginar sino que, en una realidad alternativa mejor que la nuestra, Joseph Sheridan Le Fanu y Philip K. Dick se encontrarán un día y decidirán darse una vuelta juntos por la oscuridad. No necesitamos saber qué verán porque ya nos lo han contado, pero lo que no sabremos nunca es qué conversarán entre ellos cuando, de vuelta y sonrientes, se tomen unas pintas de cerveza comentando la experiencia.

DICK, Philip K. Una mirada a la oscuridad. Traducción de Estela Gutiérrez Torres. Barcelona: Minotauro, 2002. 270 p. ISBN 84-450-7406-7.

CAPANNA, Pablo. Idios kosmos: claves para Philip K. Dick. Prólogo de Julián Díez; presentación de Raúl Gonzálvez del Águila. Granada: Grupo AJEC, 2005. 240 p. Tycho ensayo; 1. ISBN 84-96013-15-7.

LE FANU, Joseph Sheridan. Los archivos del doctor Hesselius: Té verde; El familiar; El juez Harbottle; Carmilla. Traducción de José Luis Moreno-Ruiz y Juan Antonio Molina Foix. Madrid: Valdemar, 2002. 215 p. Gótica; 45. ISBN 84-7702-412-X.

lunes, noviembre 05, 2007

Miss Finney mata de vez en cuando, de Al Dempsey (1982)


Sí, lo confieso abiertamente: me encantan las portadas macabras de algunos libros, con sus esqueletos de barraca de feria, sus cuchillos ensangrentados y sus hachas recortándose a la luz de la luna. Si ya se ve alguna cabeza volando gracias al tajo certero del asesino de turno, ni os cuento la sensación que me embarga. No la cuento porque no quiero que algún programa espía de internet me detecte como posible autor de crímenes turbulentos.

La portada (obra de Jordi Vallhonesta y Salinas Blanch) de este mediocre a rabiar libro de Al Dempsey reúne algunos de los elementos que hacen que me detenga a contemplarlo extasiado y a desear leerlo, pese a tener la convicción plena de que no sacaré nada bueno de ello. Es como cuando uno ve cómo se van formando en el televisor, gracias a ese invento maléfico llamado dvd, las dos palabras mágicas: Bela Lugosi (como ejemplo paradigmático). Y a uno le empieza a temblar todo el cuerpo, se relame de gusto y se prepara para pasar una hora enfrentado al terror puro. Aunque sabe de sobra que ese terror no llegará ni por asomo. Pero nos alimentamos de esa esperanza vana. Total, la vida nos depara decepciones infinitamente peores que la peor de las películas de Bela Lugosi.

Ya desde un primer momento me llaman la atención esas letras del título, como descolocadas, que incitan a pensar que algo demencial y atroz, perturbado, se oculta en su interior. Estamos en la antesala del horror. Sólo un paso más y seremos absorbidos por la negrura. Pero lo verdaderamente espectacular es ese dibujo del esqueleto en silla de ruedas. Fijaos en ese gorro de colorines brutalmente kitsch y en ese gato que parece sacado de una carpeta de adolescente o del videojuego Hello Kitty (vale, vale, tal vez no tanto, pero por ahí; y sí, sí, he jugado con mis sobrinos). Lo siento: verlo y necesitar leerlo fue uno. Y eso que el anuncio bajo el título (“Ella necesita matar... Una novela de horror sobrenatural”) enfriaba bastante el encuentro.

Un encuentro que reconozco gélido, pero que tampoco me atrevo a considerar una experiencia desagradable.

Fue fácil imaginar este libro como una de esas películas inglesas de finales de los sesenta y principios de los setenta de la Hammer o la Amicus ambientadas en la época moderna, tales como El aniversario (The Anniversary, Roy Ward Baker, 1968) o A merced del odio (The Nanny, Seth Holt, 1965), o bien como ese clasicote de lo macabro que es ¿Qué fue de Baby Jane? (What Ever Happened to Baby Jane?, Robert Aldrich, 1962). Con toda seguridad debido a que estamos enfrentándonos a un ambiente familiar malsano, pero sobre todo porque no dejaba de imaginarme a esta terrible Miss Finney, la que necesita matar, con el rostro ajado pero inolvidable de Bette Davis en estas películas.

El que la trama se desenvuelva tal que una historieta de terror de un viejo cómic de la EC también ayuda a hacerla vagamente simpática. Vagamente, porque como obra literaria resulta nefanda. Para qué engañaros: no busquéis aquí ni bellas metáforas, ni imágenes sugerentes, una trama elaborada o ni tan siquiera personajes debidamente no ya delineados, sino ni tan siquiera esbozados, con profundidad sicológica (una de las protagonistas cambia de opinión de una página a otra aún me pregunto por qué, aparte de por un intento irrisorio de Dempsey por dotarlo de humanidad o algo así: aventuro demasiado de las intenciones del autor, que igual ni pretendía llegar a tanto, sólo dar sustos o rellenar alguna paginilla más a costa de las dudas y remordimientos macbethianos, expresados de manera pésima, del personaje). Que no, que no estamos leyendo a Stendhal, pero es que ni tan siquiera el bueno de Dempsey nos regala una de esas orgías de sangre y destrucción tan típicas de James Herbert, por poner un ejemplo.

Pero, creedme, tiene su encanto. Encanto macabro, claro, huelga decir. Y es que si en todo naufraga, no así en mostrarnos momentos malsanos servidos por unos personajes abyectos a ratos. Como esas viejecitas de Arsénico por compasión (Arsenic and Old Lace, Frank Capra, 1944). Pero sin compasión.

Cuando Dempsey se lanza a un alarde poético poniendo voz a los recuerdos de la decrépita Miss Finney y el horror cede ante una historia de amor realista ambientada en la Primera Guerra Mundial, la cosa provoca un pavoroso sonrojo, tanto por su torpeza narrativa como por su descaro: fusila esa historia de Hemingway (que hemos visto en tantas películas, a mi gusto la mejor la maravillosa versión de Adiós a las armas / Farewell to Arms que dirigiera Frank Borzage en 1932) de la enfermera que busca a su amado en las trincheras del frente, una historia que el bueno de Hemingway pretendía pasar por verdadera (con él de protagonista y la Ava Gardner de Las nieves del Kilimanjaro- The Snows of Kilimanjaro, 1952- tal y como la interpretaron Henry King y su equipo, seguro).

Si finalmente queda algo de provecho es un desenlace de una amoralidad que, hay que decirlo, se echa en falta en más de una ocasión en el género. Un toque de sana mala leche que rehuye de lleno cualquier tipo de sermón ejemplarizante con los malos debidamente castigados por pecar. Leyendo otras obras, hay veces en que uno no sabe si está leyendo una novela de género fantástico o la gacetilla dominical de la iglesia del pueblo.

Así pues, una mala novela, una ficción barata que provoca emociones truculentas primarias. ¡Bienvenidas sean!

DEMPSEY, Al. Miss Finney mata de vez en cuando. Traducción de Jordi Fibla; ilustración de cubierta de Jordi Vallhonesta y Salinas Blanch. Barcelona: Martínez Roca, S. A., 1983. 187 p. Súper terror; 6. ISBN 84-270-0835-X.

martes, octubre 30, 2007

El percherón mortal, de John Franklin Bardin (1946)

John Franklin Bardin (1916-1981) nos dejó una obra breve pero intensa. Si bien la novela negra es el género bajo el que se adscribe, lo más interesante de la misma, al menos para el espectro descarnado que esto firma, reside en los vericuetos por los que se desarrolla, más afines a la más extravagante literatura fantástica que al propio relato criminal.

El percherón mortal quizá sea su novela más conocida. Delirante, extraña, imbricada y con tantos giros argumentales, sorpresas y casualidades como en el mejor Harry Stephen Keeler o el mismo Paul Auster. Macabra y sórdida hasta el punto de provocar un mal rollo considerable, hay que reconocer que una vez empezada es imposible abandonar su lectura: se lee en trance. Podríamos emparentarla sin dificultad con la excepcional película de Tod Browning La parada de los monstruos (Freaks, 1932). ¿Qué tienen todos estos nombres en común? Pues su gusto por presentarnos personajes deformes, monstruosos, que de una u otra manera viven en la miseria o en la más completa marginalidad, un empeño casi suicida por permanecer en ellas y un cúmulo insospechado de casualidades inauditas que los llevan de un lado a otro como barcos en una tormenta. Bueno, más que tormenta, un ciclón del Caribe o un auténtico maelström poetiano.

La paranoia del protagonista, la absoluta locura que lo envuelve, esa sensación de que ni lo que ve resulta de fiar pues su mente está trastocada, y la pregunta que se eleva durante casi todo el relato (¿quién soy en realidad?) repitiéndose y golpeándonos sin piedad hacen pensar también, claro está, en John Franklin Bardin como el Philip K. Dick de la novela negra.

Porque todo este desquiciante libro no deja en ningún momento de responder al esquema clásico, convencional, del género negro: hay que resolver este maldito crimen, este embrollo infernal. Y al final del mismo nos espera la consabida explicación. Sólo que en esta ocasión Franklin Bardin no nos muestra un final, sino en apariencia dos: dos epílogos. El primero, un broche que, de haber terminado así, habría que considerar en serio esta novela como una cumbre del fantástico delirante. El segundo, la resolución que cabe esperar dentro del género: parrafada final poniendo las cosas en su sitio. Una lástima que la sensación que quede, claro, sea la del segundo. Sería interesante conocer si Bardin pensó en el primero como el final definitivo, y aterrorizado, bien él o bien su editor, se viera impelido a añadir un final más digerible, o si por el contrario desde el principio ya pensó que todo llegaría a su fin por cauces más previsibles y asumidos por el género.

Las palabras de Cabrera Infante que se reproducen en la portada del libro (¡equipararlo con Poe, nada menos!) son, a mi entender, una evidente exageración (tal es mi caso líneas más arriba a costa del maelström), pero tampoco del todo descaminadas o gratuitas. No es el único que lo compara con él, en cualquier caso.

Desde luego, si os animáis a leer El percherón mortal, tened por seguro que entrará a formar parte de ese selecto grupo compuesto por los libros más raros que habéis leído en vuestra vida.

Que la profusión de nombres que he utilizado para intentar definirlo no os haga pensar que se trata de un imposible cruce de cosas impensables: es la única manera que he hallado de acercarme, de forma vaga, a describir la experiencia absorbente y enfermiza de su lectura.

BARDIN, John Franklin. El percherón mortal. Traducción de César T. Aira. Barcelona: Ediciones B, 2004. 269 p. Byblos narrativa; 1295, 1. ISBN 84-666-1632-2.

martes, octubre 09, 2007

Sincretismo: Jesucristo Mazinger


El antiguo cementerio de P., pueblecito moribundo en la provincia de Badajoz, en plena Siberia extremeña, ofrece un curioso pero creo que a la vez perfecto ejemplo de en qué consiste la pura esencia de los tiempos en que vivimos: cadáveres y telefonía móvil.

No deja de sorprenderme, fascinarme, cómo habiendo trocado los tradicionales cipreses por esas frías estructuras metálicas el lugar mantiene cierto aire melancólico. Tal vez debido a que las torres asemejan esqueletos de un futuro no tan lejano, las formas descompuestas de enormes robots de manga japonés, derrengados Mazinger Z esperando su reanimación por toda la eternidad. O que la estructura del nuevo recinto, levantado sobre el montón de escombros, huesos al aire, que era el antiguo cementerio no puede resultar más espartano (una pared de cemento) y al tiempo de un hortera abracadabrante (esa estatua del Cristo sobre el pedestal, fruto de una sobredosis de vídeos cutres del carnaval de Río de Janeiro).



Estos son en verdad los nuevos dioses que han venido a sustituir a los viejos. Y desengañémonos: no son peores.



viernes, agosto 10, 2007

Cuentos góticos (1851-1861), de Elizabeth Gaskell



Podéis leer la reseña a este maravilloso libro de Elizabeth Gaskell en la página web El antepenúltimo mohicano, bajo el título Las historias macabras de una adorable dama, AQUÍ.

GASKELL, Elizabeth. Cuentos góticos. Traducción de Ángela Pérez. Barcelona: Alba Editorial, 2007. 541 p. Clásica; 94. ISBN 978-84-8428-348-5.

lunes, agosto 06, 2007

Harry Dickson: las aventuras originales, volumen 1 (1907-1911)

Más o menos todos conocen (todos los seguidores y admiradores de las aventuras del detective Harry Dickson escritas por Jean Ray, quiero decir) el origen de uno de nuestros detectives favoritos: una serie de novelas anónimas alemanas, pura literatura de folletín, editadas en forma de cuadernillos cuyo protagonista no era otro que el mismo Sherlock Holmes. Estas aventuras apócrifas surgidas al calor de Holmes fueron reeditadas en Holanda y Francia a finales de los años 20, convirtiendo al falso Sherlock Holmes en Harry Dickson y al bonachón Watson (aunque parece que el nombre con el que habían bautizado al ayudante de Holmes era Harry Taxon, relegando a Watson al olvido, según he creído entender...) en el pizpireto Tom Wills. Se encargó su traducción a Jean Ray, el cual se hartó pronto de traducir lo que consideraba un plomo de escándalo y se puso a reescribir dichas aventuras inspirándose en las portadas de los cuadernillos. Imagino que no sólo por lo aburrido que le podría resultar, sino porque tal vez le fuera más sencillo, rápido y divertido rehacerlas que volcarlas del alemán. Y hasta aquí lo que cualquier aficionado de a pie conocemos.

Por esto creo que se debe agradecer a Francisco Arellano no sólo la recuperación de esas aventuras originales que se publicaron en España antes de 1914 (como se nos indica, pues resulta difícil precisar la fecha), sino también el aclaratorio y estupendo prólogo en el que se nos despejan muchas dudas y se nos deja expedito el camino para entender mejor cuál fue el origen exacto de estas aventuras y las que Ray creara a partir de las mismas. Todo ello con el añadido de una magnífica tabla de títulos con correspondencias con ediciones posteriores y, para mí lo más valioso, qué hizo exactamente con cada una de ellas Jean Ray (si tan sólo fue traductor, si añadió partes o reescribió en su totalidad; incluso descubro alucinado que seis de ellas fueron reescritas por Gustave Le Rouge, personaje que todos los que hemos leído El hombre fulminado de Blaise Cendrars admiraremos y temeremos de por vida). Arellano indica las fuentes de las que ha tomado la información y, como regalo, nos lo presenta todo como si se tratara de una investigación de la cual aún no se sabe el resultado final: esto es, que termina con un apasionante continuará. Qué queréis que os diga: ¿cuántas veces habéis leído un prólogo que prometa continuación en la que se desvelarán más secretos? No concibo nada más a tenor con lo que se nos está presentando.

Se prometen al menos 16 volúmenes conteniendo cada uno de ellos cuatro aventuras (si bien se nos adelanta que habrá dos con seis aventuras: imagino que tal vez incluirán versiones de Ray). La edición se completa con la reproducción de las maravillosas portadas, obra de Alfred Roloff, y de las ilustraciones interiores que adornaban los cuadernillos.

Todo sería perfecto si se nos anunciara también la edición de todas las aventuras de Harry Dickson creadas por Jean Ray, pero mejor no dejemos que nos devore la ansiedad. Seguiremos deshaciendo la edición de Júcar: cada vez que abro uno de estos libritos, sus hojas vuelan por la habitación.

La primera de las cuatro aventuras contenidas en este primer volumen de las historias originales de Harry Dickson (cuando para el lector de la época era Sherlock Holmes: para esta edición se ha optado por cambiar el nombre original por el que adquiriría posteriormente) es la titulada El veneno de Robur Hall. Lejos tanto de su modelo, el Holmes de Conan Doyle, como de las delirantes novelas de Jean Ray, resulta sin embargo más que entretenida. Confieso que me enfrenté a este libro pensando que no tendría interés más allá de lo arqueológico, pero el vago presentimiento de que quizá me llevaría una agradable sorpresa se vio confirmado enseguida. Cierto que su desarrollo resulta convencional en gran medida, se da alguna que otra incongruencia (una casa en la cual, al principio de un capítulo, el teléfono se ha estropeado, y desde la que, hacia el final del mismo, se realiza una llamada telefónica...) y los personajes carecen de la más mínima profundidad psicológica, pero la trama no decae, se sabe mantener el interés, y su aire de folletín rancio se muestra ventilado por un sano ambiente entre fantástico e ingenuo. Y cuando se pasa a la acción (tiroteos, persecuciones...), qué demonios, la he disfrutado como un crío.

La pista del violador de cadáveres. Con tan sugerente título es difícil que esta aventura de Harry Dickson no nos sea agradable. Bien, de acuerdo, el tal violador lo es en el sentido de profanador de tumbas, pero de entrada nuestra imaginación más macabra se dispara y nos hace pensar en lo mejor. En fin, no hay para tanto, pero que nadie diga que es poco. La trama de misterio resulta muy entretenida, si bien depara pocas sorpresas: es imposible no adivinar de primeras quién es el extraño eremita que se oculta en el pantano. Los personajes están trazados a lo grueso: son producto de la más pura convención, y tanto Harry Dickson como su ayudante Tom Wills son esclavos de sus papeles (maestro y pupilo, respectivamente), dejando poco espacio a lo que de humanos puedan tener. Asemejan máquinas de trabajar: su única función en esta vida es resolver el caso correspondiente y, venga, a por otro. Pero sin la obsesiva y fascinante compulsión de su modelo: Sherlock Holmes, pura desesperación. Así pues, con una intriga simple hasta casi lo exasperante y unos personajes con un mínimo interés... ¿Por qué entretiene? ¿Por qué acaba enganchado su lectura y deja una impresión tan agradable? Primero, claro, porque reconocer las carencias de una obra no tiene por qué, necesariamente, llevarnos a despreciarla. Y segundo, porque también posee un gran valor: su ambientación. El pantano en el cual se desarrolla la acción resulta en verdad peligroso, infunden pavor esos paseos nocturnos que por él se dan nuestros héroes. Y, como en la anterior aventura, los toques fantásticos le dan un aire entrañable. En definitiva, un entretenimiento digno, pero entretenimiento no en ese sentido vacuo de no tener nada que hacer un domingo por la tarde y rellenarlo con algo, sino en el de tener por delante un desesperante domingo y salvarlo gracias a esta lectura. Hay una gran diferencia.

Los ladrones de mujeres de Chinatown supone un emocionante descenso a los infiernos de los fumaderos de opio de Chinatown y los terribles secretos que ocultan sus muros: rapto de jovencitas listas para el sacrificio en loor de misteriosas deidades orientales, cámaras secretas y pasadizos siniestros que horadan las casas del barrio amarillo. Y, por encima de todo, ese temor tan de principios del siglo XX a lo oriental. Terror propio del folletín, claro. Pero efectivo a la hora de hacerlo palpablemente peligroso. ¿Racismo? Si no adoras a Fu-Manchú, tal vez.

Como curiosidad, aquí encontramos a Dickson sin la compañía de Tom Wills. Se nota cierta pretensión del anónimo autor de dotar de mayor personalidad a nuestro detective. Esto y las alusiones o llamadas de atención al lector dejan claro que quien concibió esta aventura no es el mismo escritor de las anteriores. Aunque tampoco esto importa: no es mucho mejor (ni mucho peor).

La última aventura del presente volumen, El doble crimen de los Alpes Bávaros, se vuelca totalmente en mostrar un complicado crimen y darnos la solución final con el típico recurso de explicarlo todo en una conversación entre los protagonistas. Se unen así los hilos de la trama y se da salida mal que bien a ciertos cabos sueltos o pistas que se han dejado sólo con el afán de despistar. Y, para qué decir lo contrario, el misterio en sí resulta indiferente. Lo que más me ha atraído de esta historia es su cuidada ambientación, entre la ciudad de Múnich y las montañas bávaras. Se nota un cariño y un cuidado especial en estas descripciones: el anónimo autor alemán parece dar lo mejor de sí en estas líneas. No es mucho, pero ayudan a dar credibilidad a las numerosas idas y venidas, carreras y peleas de nuestros héroes. Cuesta trabajo imaginar que en algún momento alguien pensara en Tom Wills como Watson (aunque ya he comentado que en el original quizá se tratara de un nuevo personaje, Harry Taxon): se le presenta siempre como un jovenzuelo animoso y activo, dispuesto a servir a servir a su señor y maestro con diligencia. Y más difícil resulta pensar en este Harry Dickson como Holmes: derrocha simpatía con todos y trata con una afabilidad casi paternal a su pupilo. Esto es: ni por asomo se pretende parecer a lo que quiere suplantar. Así, sólo se trata de usar sus nombres y el resto no importa. Y por esto el cambio de nombres efectuado en esta edición que recupera estas añejas peripecias se agradece, pues si como apócrifos no cumplen con rigor, como antecedentes del fascinante héroe de Jean Ray sí que tienen encanto.


HARRY Dickson, el Sherlock Holmes americano; volumen 1: El veneno de Robur Hall y otras historias descabelladas del rey de los detectives. Ilustraciones de Alfred Roloff; introducción de Francisco Arellano. Madrid: La biblioteca del laberinto, 2006. 208 p. Delirio, ciencia-ficción; 8. ISBN 978-84-934166-8-3.

viernes, junio 29, 2007

El monje Laskaris y otros relatos extraños y esotéricos, de Gustav Meyrink (1913-1925)



La admiración que siento por la obra de Gustav Meyrink (Gustav Meier, 1868-1932) es absoluta. Si quieres leer la carta de amor que le escribí a esa novela fascinante que es El Golem en la página de Cyberdark, búscala aquí. Dicho esto, debo añadir que no todos los cuentos incluidos en esta recopilación me han gustado, lo veo normal, pero aun así y antes de nada me veo impelido a pedir disculpas por el tono exaltado que en algún momento adoptaré en mi comentario a este libro. Imaginad a ese loco tan típico que aparece saltando entre las rocas en toda isla que se precie, o surgiendo de la espesura de una selva o caminando cual espectro sobre la duna de un desierto, barba blanca hasta los pies, ojos luchando por escapar de sus cuencas, mirada extraviada y ademanes bien fantasmales, bien espasmódicos; imaginad su discurso tras veinte años o más sin haber tenido contacto con humano alguno; imaginad su lengua reseca pegada al paladar y lo que esto puede afectar a su forma de hablar, a su discurso inconexo de palabras atropelladas; imaginad, imaginad, y cuando lo hayáis hecho, continuad leyendo.

Este volumen no incluye solamente una selección de relatos de las dos antologías de Meyrink, Murciélagos (Fledermäuse, 1915) y Cuentos de alquimistas (Goldmachergeschichten, 1925), como se nos indica en el prólogo, sino también relatos publicados con anterioridad y que no pertenecen a ninguna de estas antologías. Da un poquito de rabia que no se incluyan las fechas y tampoco se indique a qué colección pertenece cada cuento, pero intentaré resolverlo en la medida de mis (tristes) posibilidades. Como ya he puesto fecha a ambas, lo que haré será añadir tras cada título la fecha correspondiente y así estará localizado en el tiempo y el espacio cada uno de ellos. A estas tonterías dedico mi vida, sí. Aclaro que no firmaría con mi sangre en un pergamino antiguo ante la presencia del mismo Mefistófeles la exactitud de las fechas fruto de mi búsqueda.

Por lo demás, la edición de Valdemar en su colección Gótica es un lujo, un auténtico placer. Primero, por editar a lo grande a un escritor del que saben que no van a vender una chufla: es una auténtica fortuna que Valdemar preste atención a este autor. Y segundo, porque se nota (o yo creo notar) mucha dedicación y cuidado en la traducción. Sólo así me explicaría que José Rafael Hernández Arias haya mantenido con una llama tan enfebrecida y fantástica lo que considero un auténtico tour de force estilístico en español: el que supone la traducción del relato El maestre Leonardo.

Paso ya al primer cuento, El monje Laskaris (1925). Es cierto que este relato histórico con resabios aventureros resulta muy entretenido de leer, pero de su mitad hasta el final, cuando lo histórico se adueña de la narración domeñando al resto, cae en lo cansino, tanto por la inconsistencia de los personajes como por la acumulación de anécdotas, no todas interesantes. Salvo por su temática (la alquimia y los alquimistas, tan requeridos por los príncipes de la época como los adeptos buscaban el oro), nada del Meyrink de El Golem aparece por aquí. Esto es, que el Meyrink sublime no hace acto de presencia y lo que encontramos a cambio es un narrador impersonal y sin fuerza. El interés del cuento radica exclusivamente en el interés que pueda provocar en el lector su desarrollo general y los múltiples meandros de lo narrado, sin confiar nada al estilo. Un hecho tras otro que si estuvieran entrelazados con más arte nos harían sentir menos pena. Pena porque este relato se extiende todo un tercio del libro. Puede ser considerado esotérico en la medida en que narra las aventuras de verdaderos alquimistas, así como las de diversos estafadores que con tales ropajes se disfrazaban, pero no en verdad porque esconda un mensaje o enseñanza ocultos. Y de extraño, lo que puede tener para un lector español ignorante (yo) esos nombres como alemanes tan largos y llenos de consonantes. Nada más. Comienzo frustrante, no porque se trate de un mal relato, sino porque lo considero indigno de quien lo firma.

Aunque Meyrink consideraba la alquimia no una patraña descomunal sino una realidad histórica, tampoco deja a un lado la verdad de los hechos de la época en que ambienta su narración: los alquimistas no dejaban de ser una pandilla de truhanes que recorrían las cortes europeas sacando tajada de la credulidad de los personajes aburridos y ociosos que las reinaban. A este respecto considero fundamental la lectura del libro de Angelo Maria Ripellino Praga mágica (editorial Seix Barral, colección Los Tres Mundos, Ensayo): ¡esta lectura sí que supone una verdadera iluminación! En las apasionantes páginas del libro de Ripellino se nos desentrañan algunas de las increíbles experiencias de este grupo de sinvergüenzas aparentemente iluminados que buscaban enriquecerse a costa de los más extravagantes cuentos en la corte bohemia del no menos enajenado Rodolfo II. Y no, no hay que ser un adepto creyente de la alquimia para disfrutar de Meyrink. Bueno, si pensáis que para disfrutar de verdad de la música de, por ejemplo, la Velvet Underground hay que meterse un pico, pues entonces sí.

El ópalo (1913). Partiendo de una tan hermosa como terrible idea acerca de cuál es el origen de las piedras preciosas conocidas como ópalos, Meyrink no se muestra demasiado inspirado en el desarrollo de este breve relato. Todo parece limitarse a darle un poco de cuerpo a la brillantísima anécdota que sostiene el cuento, pero carece de misterio y emoción: da la impresión de estar escrito con prisas o con muy pocas ganas.

Afortunadamente, no sucede así con el memorable Bal macabre (1913). Meyrink nos narra en estado de trance una noche de alucinaciones y las correrías de la secta Amanita, con sus estrafalarios guardianes y su séquito de adeptos, vampiros y envenenadores. Un relato visionario repleto de imágenes que destilan una enfermiza y bella poesía macabra: la prostituta con el cuerpo de niebla, del que extraen cuerdas formando un arpa, quizá sea la más terrible e impactante. La ensoñación fruto de la droga de las setas envenenadas, en la que lo real es aún más deforme que lo que la imaginación nos puede enseñar, está magistralmente lograda. Aquí tenemos uno de sus grandes relatos, cuando abandona las formas tradicionales y se lanza sin miedo a la abstracción. Cuando Meyrink es de verdad Meyrink: cuando es en verdad extraño, cuando es inasiblemente esotérico. Cuando resulta GENIAL. ¿Pedí disculpas por mi tono exaltado? ¿Sí? ¡Pues al diablo las disculpas! Antes de terminar el libro, ya había leído tres veces este relato.

El gabinete de las figuras de cera (1913) goza de una interesante ambientación: ese gabinete ambulante de figuras de cera, que más asemeja un circo de monstruos, de freaks, compuesto de muñecos, de autómatas, de cabezas humanas anormalmente conservadas y cuerpos sujetos a extraños experimentos. Meyrink resuelve el relato por medio de conversaciones entre los tres protagonistas y una visita al mentado gabinete. Narrativamente no funciona lo más mínimo: no importan ni la evolución o desarrollo de la trama ni su desenlace. Pero no deja de estar envuelto en una atmósfera turbia, enrarecida, y sólo por eso supera, a mi gusto, a los dos primeros relatos del volumen. El hecho de que sea tan espantosamente macabro también ayuda lo suyo a que uno le tome cariño.

En Las plantas del doctor Cinderella (1913) encontramos de nuevo al mejor Meyrink: el de las calles sinuosas, las casas que asemejan humanos deformes recién salidos de sus tumbas, el del delirio preñado de angustia, el visionario del auténtico horror. Un relato en el cual lo cotidiano da paso al más puro infierno con una maestría que deja casi tan helado el cuerpo como el descubrimiento de qué son en realidad esas plantas que imaginamos cuidadas con amor y devoción por el doctor Cinderella, que a su vez es el narrador, que también es el siniestro egipcio, que no por esto deja de ser una estatua de bronce hallada en Tebas, y que al tiempo es la forma más sencilla de tomar la autopista más rápida que puedas imaginar a un mundo de pesadilla. Literatura fantástica en su más pura esencia: la destilación alquímica auténtica. En ésta sí creo.

En El albino (1913) se nos muestra cómo los antiguos saberes se han perdido, y las reuniones iniciáticas y místicas de las logias se han transformado en conciliábulos de taberna. Se ha trocado la adquisición de sabiduría por la ingestión de vino. Así se lamentan los viejos miembros de la logia que protagoniza este relato, mientras los jóvenes adeptos se burlan de sus mayores. Estos atolondrados y juerguistas jóvenes deciden gastar una broma a los quejumbrosos viejos: parecen olvidar que no se debe hacer burla de los saberes ancestrales ni tomarse a chota esas cosas tan profundas y difíciles de entender por el vulgo. Estos jovenzuelos también parece que jamás en su vida han leído un relato de terror, qué demonios.

En fin, una historia de atroz venganza que se llevará a cabo gracias al afán de fiesta de los más tiernos seguidores de la secta. Pero atroz en verdad, creedme. Porque todo esto que he contado y que da la sensación de regodearse en el más desesperante tópico, es el esqueleto sobre el cual Meyrink da forma a un relato sensacional. La historia que da origen al deseo de venganza (una historia de venganza, a su vez: siempre el juego de muñecas rusas presente en Meyrink) resulta espeluznante (esos experimentos sobre el cuerpo humano que ya en los dos relatos precedentes Meyrink nos ha obligado a contemplar). Y la venganza en sí, no por previsible menos terrible. Con tal prodigio de emoción, de atmósfera y ambientación, desarrolladas con una mano maestra (la casa del albino de marras, las calles de la ciudad envueltas en sombras, la taberna ahogada en humo de tabaco), qué duda cabe en no definirlo, como se indica en el título del libro, como extraño y esotérico. ¡Cómo no apasionarse con su lectura!

El maestre Leonardo (1915). (Advertencia: prometo no haber escrito las siguientes líneas bajo la influencia de estupefacientes). La lectura de este relato me ha llevado a plantearme vastas preguntas metafísicas. ¿Por qué amamos la literatura fantástica? ¿Por qué nos conmueve lo extraño? ¿Por qué el género de terror crea seguidores tan abnegados y fieles? Y, al mismo tiempo, a encontrar una sencilla respuesta. Creedme, amigos: sin duda porque existen cuentos como éste.

En él se nos presenta la lucha de la vida como una ordalía iniciática: un camino sembrado de espinas que sólo podremos cruzar de la mano del conocimiento. Sólo el saber nos alzará de la oscuridad y del dolor de la existencia: sólo él restañará nuestras heridas. La luz es el padre. La oscuridad, la madre. Estas dos fuerzas combaten en el interior del maestre Leonardo, su destino lo arrastra y encadena, pero la búsqueda de la verdad lo liberará. Meyrink utiliza símbolos que no por asequibles resultan menos profundos (no siempre, claro; no siempre profundos, digo: comparar el resurgir a la luz del conocimiento con el plumaje del fénix de la vida es una imagen que resulta sonrojante en su candidez; si tras aseverar que este relato es magnífico pongo alguna falta es debido a que, palabra de Meyrink, somos dualidad). Como es habitual en su obra, la vida se nos presenta como un paseo entre la niebla. La dualidad de la cual partimos, la que nos enfrenta y confunde, la que nos abre el camino de búsqueda, es el origen y es el final. El final cuando comprendemos que esa dualidad no es enfrentamiento, sino la esencia misma de todas las cosas: la unidad. En resumen, un batiburrillo filosófico y religioso seudotrascendental (que no sorprenderá a los que hayan leído El Golem, donde todo esto alcanza en su forma y contenido la perfección más absoluta) que a mí me importa un comino, pero que narrado por Meyrink resulta un descubrimiento apasionante, una experiencia alucinatoria y mágica. También porque se nota, y lo transmite al lector, que en su parte final Meyrink ha bebido en esas fuentes no tan elevadas (o sí) que son las llamadas sustancias del demonio (vulgo: drogas). Y no sólo porque el protagonista se meta, literalmente, un viaje lisérgico de campeonato. Resulta diáfano que autores como Robert Anton Wilson veían en Meyrink un auténtico gurú, lo reconozcan o no. Tanto esotérico como literario: las últimas páginas de este relato podrían incluirse en cualquier libro del bueno de Anton Wilson y ni nos percataríamos de ello. Dicho esto como un rasgo enaltecedor para Wilson, ni que decir tiene.

Lo que engrandece la historia es su tono febril, urgente, narrado a las puertas de la muerte y temiendo no poder llegar nunca a su final. Y al tiempo (de nuevo la dualidad, que nos lleva a considerar este relato de Meyrink, al igual que El Golem, no sólo eje de su filosofía, sino también de su estilo) con una distancia y una tranquilidad sólo posibles con la obtención del conocimiento de que uno no debe esperar nada de este mundo porque, de alguna manera, ya se ha alcanzado otro superior. Así Leonardo recuerda su vida, como si estuviera viendo una película, una danza de sombras ante sus viejos y sabios ojos, mientras espera a abandonarla definitivamente. Y todo bañado en una elevada prosa poética: Meyrink engarza gema tras gema provocando en ocasiones una sensación casi de mareo. Un estilo tan depurado y hermoso que sólo al intentar describirlo ya temo estar ensuciándolo.

En El canto del grillo (1915) se nos presentan primitivas y malignas religiones orientales, contrarias al budismo, que perviven resistiendo al tiempo y a la razón. Meyrink nos habla de una de ellas con una mezcla chocante de incredulidad, extrañeza, relato de terror barato y filosofía. Pero lo más curioso es la delirante explicación que se muestra en este cuento sobre el porqué de la Primera Guerra Mundial. Ni se os ocurra aplastar a un grillo.

Meyrink prueba con el humor en De cómo el doctor Job Paupersum trajo rosas rojas a su hija (1915). Por supuesto, la trama es escabrosa y el sarcasmo vence a la ironía, pero para mí estos no son factores negativos. Conocemos a un empresario (¡un empresario de monstruosidades!) que trata de convencer al erudito Paupersum de que realice determinados experimentos: nuestro amable y desesperado sabio, por el bien de su hija, aceptará convertirse en un monstruo a cambio de una fortuna. Así habla el empresario, convincente: “-¡Señor doctor! ¡Escúcheme! No tire su fortuna por la borda. Toda su vida ha sido un error. ¿Y por qué? Ha llenado su cabeza de cosas y sólo se ha dedicado a aprender. Aprender es una tontería. Míreme a mí: ¿acaso he aprendido yo algo? Eso de aprender sólo se lo pueden permitir personas ricas de nacimiento, y entonces no se necesita. El hombre ha de ser humilde y... tonto, por decirlo así. ¿Ha visto alguna vez que un tonto haya sucumbido?” (p. 236).

Como es habitual, lo onírico y la ambientación tabernaria confieren al relato una atmósfera surreal, mágica. Meyrink nos transporta allí con su mano siempre (bueno, de acuerdo, casi siempre) maestra ejerciendo en nuestro espíritu un efecto de encantamiento: la magia, la verdadera alquimia de la lectura. Y de igual forma da un giro inesperado, trágico y hermoso, a este relato que apuntaba maneras burlescas. Ni de lejos es el mejor cuento de esta antología, pero es puro Meyrink.

La visita de J. H. Obereit a las sanguijuelas del tiempo (1915) es un cuento que había leído en anteriores ocasiones bajo los más diversos (y a veces chocantes: recuerdo que a estas sanguijuelas se las ha llegado hasta a traducir como... ¡tempijuelas!) títulos. Siempre se me ha antojado un relato bastante mediocre, hasta malo, pero ahora veo atemperada mi opinión por el convencimiento de que por primera vez entiendo en su totalidad qué es lo que se cuenta aquí, y me resulta terrorífico. También porque la superioridad estilística de esta traducción ayuda infinito a disfrutar de este cuento. No está entre mis favoritos, claro, pero a estas alturas ya me encuentro tan sumergido, tan embebido en el universo que, página tras página, Meyrink ha ido creando, que lo poco vale.

Sin duda, El cardenal Napellus (1915) es el más esotérico de todos. Como suele ser normal en Meyrink, se describe una secta tan extraña como delirante. Del mismo modo que en el relato anterior, se explica que la paz de espíritu se alcanza con el abandono de cualquier sentimiento de esperanza o anhelo, algo así como convertirse en un vegetal humano (imagino que esta idea sería fruto de los devaneos con las religiones orientales de nuestro autor). En cualquier caso, esta felicidad que consiste en no tener el más mínimo deseo de obtenerla no deja de estar vestida con trajes terroríficos, horribles. No logro saber si para Meyrink es de verdad un paso iniciático (más bien el fin del camino iniciático), una burla macabra del mismo (una venganza descreída), o simplemente la forma de dar pie a momentos de una belleza mórbida (todo lo relacionado con la sangre y el acónito). Sólo por esto último debería bastar: al menos para mí es suficiente. Aunque también me hipnotiza ese otro gran recurso habitual de Meyrink: reunir en una habitación a los tíos más raros del planeta.

El horror (1913). La enseñanza moral final no anula la fuerza de este brevísimo relato. Oscuro, macabro, cruel. Las imágenes que destila Meyrink en su ponzoñosa retorta hacen honor a su título. Me encanta, claro.

Como en El monje Laskaris, en El extraño huésped (1925) se nos narra la aventura de un iniciado en el secreto arte de la alquimia y sus peripecias en la corte ansiosa de llenar sus arcas a lo fácil de turno. Vale para éste lo que comenté para aquél, si bien en esta ocasión resulta una lectura más entretenida a pesar de que el estilo del Meyrink que amamos no hace acto de presencia: se habla de oro, pero se nos ofrece tan sólo el estaño.

Más que un cuento en sí, El relato del asesino Babinski (1917) asemeja un descarte de El Golem. Un atardecer sombrío, el barrio judío de Praga repleto de sombras y callejas, el ambiente sórdido de taberna patibularia... Y, claro, el protagonista de la absoluta obra maestra de Meyrink, el bueno de Pernath, y sus tres amigos: Zwakh, el anciano titiritero (en El Golem es él quien relata la historia del mágico ser de barro que tanto impactará a Pernath), el pintor Vrieslander (que protagoniza el inolvidable momento en que, tallando éste la cabeza de una marioneta, Pernath ve de pronto todo lo que le rodea como si su cabeza fuera la del títere) y el músico Prokop. Aquí Zwakh cuenta a sus compañeros, semiocultos por el humo de las pipas que fuman y envueltos en el olor y los vapores del grog que beben, la historia del asesino Babinski. No se puede cerrar este volumen de cuentos de manera más admirable.

MEYRINK, Gustav. El monje Laskaris y otros relatos extraños y esotéricos. Traducción y prólogo de José Rafael Hernández Arias. Madrid: Valdemar, 2006. 309 p. Gótica; 66. ISBN 84-7702-552-5.

viernes, mayo 04, 2007

Masters of Horror (tercer grito)

Pasad, pasad y acomodaos en mi húmeda y pestilente cripta, en mi putrefacta morada donde anida el horror. Sentaos cómodamente, sí, ahí mismo, sobre esa caja oblonga. Disculpad a su ocupante si no se levanta para recibiros...


CHOCOLATE, de Mick Garris (episodio 5, primera temporada)



Está claro que a Mick Garris le interesaba contar esta historia: quiero decir que si no sólo ha redactado el guión, sino que además se basa en un relato por él escrito, no considero aventurado afirmar que se trata de un proyecto personal por el que debía sentir cierto afecto, creer que tenía entre manos un buen argumento.

Y la cosa no empieza mal: resulta curiosa y morbosilla esa idea de intercambiar de cuerpo con una persona de diferente sexo. Esto da lugar a un momento chocante que quizá sea lo mejor del episodio, aunque por desgracia Garris pronto abandona este sugerente planteamiento. Me refiero al momento en el cual el protagonista, su mente dentro del cuerpo de la chica, ve y siente cómo practica el sexo con un hombre. Sufre prácticamente una violación homosexual, aunque tampoco parece disgustarle demasiado (una experiencia nueva y extraña, extraña para él no sólo por ser heterosexual, sino por hacerlo dentro del cuerpo de la chica). Esta confusión primero mental, al poco corporal y enseguida sexual, se prestaba a un juego que haría de la confusión y el caos de la personalidad un magnífico punto de partida para un relato basado en cómo un trastorno físico puede alterar nuestra percepción del mundo, trastocarlo, sumirnos en la oscuridad... o en el deseo. Deseo porque nuestro hombre se enamora perdidamente de esta chica con la que intercambia su mente y sale en su busca. Y es justo a partir de aquí cuando a Garris se le cae todo de las manos.

No es que lo anterior fuera para lanzar cohetes: la dirección es pobre hasta la desolación y más que explorar el lado perturbador (que no malvado o perverso) del sexo todo se limita más bien a unos cuantos planos de chicas medio desnudas.

Al final todo deviene una vulgar hasta la exasperación historia de crímenes, aderezada con una pelea entre nuestros protagonistas tan ridícula (diálogos imposibles, incapacidad absoluta de sugestionar con las imágenes) que de verdad cuesta trabajo mantener los ojos fijos en la pantalla. Al menos sin sonrojarse.

Una cacafuti con la que no me cebaré demasiado porque al menos durante un rato me mantuvo medio interesado y porque, horror auténtico, el siguiente episodio dirigido por Garris se me antojó infinitamente peor.


HOMECOMING, de Joe Dante (episodio 6, primera temporada)


Uno de los episodios más celebrados de esta primera temporada. Opinión que comparto de manera moderada. La verdad es que esta historia de zombis que sirve de tremenda parábola política resulta difícil que no nos sea simpática. Un relato tan airado como divertido, pero que no deja muchas imágenes para el recuerdo.

De hecho, quizá el momento que más me gustó es uno de los pocos en el que lo político cede a lo humano. Un zombi entra en un local y aterroriza a todo el mundo, pero los dueños, una pareja de mediana edad que ha perdido a su hijo en la guerra, acogen a este muerto viviente víctima de la misma guerra en la que falleció su hijo como si fuera él, y la amenaza se transforma en la posibilidad de poder abrazar a un ser querido que ya no estará con ellos nunca más. Ese plano general en la semioscuridad de la tienda, en el cual unos padres rodean con sus brazos a un zombi con uniforme de soldado, me parece la forma más efectiva y emocionante (aunque Dante no renuncia a cierto macabro sentido del humor, que aquí ayuda a generar el sentimiento pues es el humor el que nos hace aceptar como lógico algo tan increíble: la sonrisa nos desarma para dar paso a la emotividad del momento) de hacernos sentir el vacío que nos envuelve al perder a alguien amado, el deseo irrefrenable de llenar ese hueco para poder seguir viviendo.

Vale, vale, la secuencia y el dichoso plano no dan para tanto, pero a mí me hizo pensar en estas cosas.


VALERIE ON THE STAIRS, de Mick Garris (episodio 8, segunda temporada)



De principio a fin, un episodio estúpido. Está basado en un relato de Clive Barker que no he leído, por lo que no sé si el origen de tamaña memez la podríamos achacar en su totalidad a él: es un escritor que en ocasiones sabe crear buenas atmósferas terroríficas. Desde luego, esas obsesiones sexuales y el demonio violador casan bien con lo que suelen ser sus historias (personalmente, a mí Barker me gusta cuando no se le nota tanto su afán por resultar el más duro y desagradable del barrio, tarea en la cual lo supera con creces James Herbert, un escritor que a todas luces es menos riguroso con el estilo que él, pero que a la hora de machacarnos con imágenes de impacto le da mil vueltas a Barker), pero Garris prefiere enseñarnos las tetas de la protagonista, cosa que tampoco le voy a afear, entendedme, pero demonios, ¡que le eche emoción al asunto!

Cuando por fin descubrimos el origen del diablo rijoso la cosa se pone peor al querer ser trascendente: el creador y su obra, el acto artístico como acto de creación de auténtica vida, etcétera. Tan aburrido como ya visto.


RIGHT TO DIE, de Rob Schmidt (episodio 9, segunda temporada)


Confieso mi estulticia: hay algunos maestros del horror en esta serie que no tengo ni repajolera idea de dónde han salido. Ni ganas que me entran de saberlo.

No me detendré mucho en este episodio porque, para qué voy a mentir, ya ni recuerdo bien qué era lo que pasaba en él. Sí que recuerdo esa imagen de una persona vendada cual momia en un hospital, más que nada porque me hizo pensar en esa alucinante película de Polanski que es El quimérico inquilino (¡eh!, ya me acuerdo: venganza amorosa de una persona quemada que deja su cuerpo para poseer otros y así vengarse del rufián que la engañaba; ¿por qué lo habré recordado, con lo bien que estaba sumido en el más dulce olvido?). Una chorrada de campeonato del que se me ha quedado la imagen del actor Martin Donovan deambulando completamente perdido por los planos sin saber qué hacer con su personaje, un divertido momento de chica medio desnuda en una bañera que, justo cuando se dispone a echarle el polvo de su vida al prota, su cuerpo se transforma en un amasijo de carne humeante, y la escena del reloj de pulsera. Cuando campea la nada, lo mínimo destaca.

jueves, mayo 03, 2007

La décima víctima, de Robert Sheckley (1965)


No he tenido oportunidad de leer el relato original que inspiró la película de Elio Petri, ni tampoco de ver dicha película. Así que mi comentario se limitará a esta novelización de Sheckley de su propio relato pasado por el tamiz cinematográfico. Si queréis conocer algo, pero bien, sobre Sheckley y su obra, echad un vistazo aquí.

En el juego de la Caza, se es alternativamente Cazador o Víctima. Al alcanzar el número de diez asesinatos, se entra de lleno en la gloria, se consigue el mayor de los éxitos, uno se transforma en leyenda. Pero para ello, antes hay que evitar morir diez veces asesinando otras tantas. Este atractivo planteamiento servirá para enfrentar a nuestros dos protagonistas: Caroline y Marcello (en ambos se reflejan con claridad los rasgos de Ursula Andress y Marcello Mastroianni respectivamente, los actores que los encarnaron en la pantalla, y de manera brillantísima en el caso de este último).

La presentación de los protagonistas se hace alternando capítulos dedicados a una y otro. Cuando el destino los una, compartirán capítulos. Una estructura tan sencilla y lógica no puede resultar sino perfecta.

Lo más curioso es cómo la tecnología que aparece en la novela, pese a ambientarse en el futuro, resulta definitivamente obsoleta. Así, el gran ordenador que empareja a cazadores y víctimas: un gigantesco cachivache de metal que emite pitidos, chirridos y ruidos de engranajes pesados, con cientos de lucecitas parpadeantes, asemeja más bien, a nuestros ojos, un artefacto medieval. Pero en los 60 la idea de un superordenador solía identificarse con algo sumamente grande (así en la decepcionante El gran retrato del genial, no en esta novela, Dino Buzzati).

Sheckley derrota al tiempo, sin embargo, gracias a su atinado, cínico y brillante sentido del humor. Un futuro en el cual aún existen radioaficionados es prácticamente impensable (aunque vete a saber...), pero este supuesto da lugar a uno de los capítulos más descacharrantes de la novela: una burla despiadada de los grandes efectivos de espionaje y control, y de las personas que creen poseerlos y dominarnos con ellos. La tecnología acaba por no importar lo más mínimo. A su vez, la excelente caracterización de los personajes convierte en accesorio lo que les rodea. ¿Que en lugar de lasers supersofisticados aún se utilizan colts y derringers? Es lo de menos: nuestro autor hace tan vivos, tan reales, a quienes los llevan que el qué nos da igual. Y ésta es su valía.

Lo mismo para la retransmisión del juego de la Caza: lo importante no es el cómo, sino quiénes. En un juego en el cual uno puede perder la vida a cada paso, Sheckley nos presenta a una triunfadora que arrolla (Caroline) y un perdedor que encandila por su sola actitud ante la vida (Marcello), alguien al que “la experiencia había aportado solamente el residuo más amargo del placer que es la verdadera esencia del desencanto. (...). Y ello le había inducido a envolverse a sí mismo en aquella civilizada capa gris del tedio que algunos dicen que no es más que el reverso del abigarrado ropaje de la esperanza” (p. 115), y que debe recordarse “a sí mismo que los desilusionados, a través de la misma especialización de sus actitudes, son frecuente y peculiarmente propensos al mito del romance” (p. 116). Los caracteres están tan bien dibujados que nos interesa todo lo que les pueda suceder, aunque el marco en el que se desarrolla la acción se antoje descabellado a día de hoy. También es cierto que ese aspecto retro, sin ser esa la pretensión de nuestro autor, le da un encanto especial y puede servir para demostrar cómo cierta ciencia ficción obsesionada con el aparataje científico olvida lo que de verdad mueve el mundo: aquellos que lo viven.

El mismo concurso resulta simpático por su propia desfachatez, por su inconsciencia tan atroz como emocionante (y que ha servido para desterrar de la tierra las guerras, hay que añadir, en una delirante lógica criminal). Un juego en el que se puede perder la vida, sí, pero sólo en un término físico. En muchos de los concursos de hoy en día es lo único que parece que sus jugadores pueden salvar, porque el resto queda reducido a cenizas.

La traducción (y pido perdón por este atrevimiento, que parece que está muy mal visto albergar sospechas sobre la perfección de las traducciones) cuela alguna expresión chocante. En particular, en la página 13 aparece el adjetivo (o al menos como tal está utilizado, porque hasta el momento no he hallado vestigios de la existencia de palabra tal) “aduncular” referido a un tono de voz. Lo dicho: si alguien sabe qué demonios significa, que lo explique, por favor.

Un detalle que se me ha antojado muy curioso es que Martin, Chet y Cole, los “compañeros de trabajo” de Caroline, asemejan ser los ancestros de los tres esbirros de Mamá en Futurama, la grandiosa serie de animación creada por Matt Groening.

En conclusión, un entretenimiento tal vez intrascendente (su impacto no es precisamente demoledor), pero no exento de inteligencia. El final opta por una pirueta estrambótica muy divertida, sí, pero que resta fuerza al conjunto. Está tan claro que Sheckley se toma tan poco en serio a sí mismo y a su obra, al menos en este caso, que este posible defecto acaba casi por jugar a favor.

SHECKLEY, Robert. La décima víctima. Traducción de José Mª Aroca. Barcelona: Acervo, 1978. 139 p. Gaudeamus; 17. ISBN 84-7002-242-3.

martes, marzo 20, 2007

Tomás El Gafe, de Franquin

Hay tebeos que ejercen una influencia casi mágica, una fascinación que su mismo deslumbramiento dificulta el poder enfrentarse a ella, explicarla, hacerla comprender a los demás. A mí esto me sucede con las aventuras de Tomás El Gafe, del genial Franquin.

Al fin se publican en España, de manera cronológica y completa, los álbumes de ese taumaturgo de lo cotidiano que es Tomás. Dibujado y guionizado por Franquin (ayudado en los fondos por Jidéhem), uno de los maestros absolutos de la escuela franco-belga de la historieta. Todos recordamos su trabajo en las aventuras de Spirou, Fantasio y Spip, personajes que no fueron creados por él, pero que con él alcanzaron sus mejores momentos, los más apasionantes. Y a los que sumó la que sin duda es la gran aportación a estas aventuras: el marsupilami. La creatividad e imaginación de Franquin se alzaron como un monumento en forma de este personaje increíble que llenó de locura las páginas de Spirou. Durante el período que Franquin estuvo al frente de las aventuras de Spirou, el marsupilami, la mascota que desplazó casi de forma definitiva a la ardilla Spip, fue su personaje estrella, llegando a protagonizar uno de los álbumes: el maravilloso El nido de los marsupilamis (1960). Si bien, a mi gusto, bajo la mano de Franquin, la aventura que considero más redonda, un tebeo que debería ser leído y amado por todos aquellos que sienten devoción por la historieta, es Qrn en Bretzelburg (1966), la sátira más ácida, cruda y divertida que he leído jamás sobre las dictaduras. Porque, vale, las hay más ácidas, y más salvajes, y más terribles... ¡Lo que queráis! Pero no más divertidas sin ceder nada de los calificativos mencionados. Y eso que ya en El dictador y el champiñón (1956) Franquin había dejado bien clara la opinión que le merecían los autoritarismos.

Al final de su vida, Franquin nos regaló otra de sus creaciones admirables: las Ideas negras. Historias de por lo común una sola página, muchas de ellas manchas de tinta sobre las que dibujaba en blanco, en las que nos dio su visión más amarga y cruel de la vida, pero una vez más también la más divertida. Inolvidable aquella página en la que nos mostraba cómo un tipo se suicidaba de tres formas distintas a la vez, o aquella otra en la que un pobre infeliz era acosado por su condición de fumador hasta que se colgaba en su oficina ante la mirada “compasiva” de sus compañeros que ya le iban avisando, siempre con buena intención, claro, de lo malo que era el tabaco para la salud...

Pero, a mi gusto, su cumbre creativa es Tomás El Gafe. Adoro a este personaje. Chico para todo de la editorial del señor Dupuis (sus protagonistas serán los dibujantes, los guionistas, los directivos, administrativos y secretarias de dicha editorial), en un principio se nos muestra como un vago indomable que se pasa el día durmiendo en la oficina, cocinando en la oficina o cuidando de una vaca... ¡en la oficina! Pero al tiempo se nos irá mostrando otra faceta: su capacidad como inventor de los más insólitos cachivaches, siempre ideados para realizar el menor esfuerzo posible y cuyos resultados serán invariablemente desastrosos (unas veces para él, en la mayoría de los casos para los demás). Esta capacidad del personaje, de Tomás, será la que paulatinamente se adueñará de las historietas, no centrándose tanto en la más pura vaguería para mostrarnos aspectos más interesantes. Yo me atrevería a decir que revolucionarios. Porque los inventos y la huida de la realidad de Tomás irán adueñándose de sus aventuras cotidianas. Su enfrentamiento es siempre pasivo, inconsciente, pero sus supuestas locuras dejan en entredicho la seriedad de quienes lo rodean, los cuales, por lo general, acaban imbuidos y contagiados por el espíritu anárquico que mueve a Tomás. Pero olvidaos de las proclamas: la revolución de Tomás es sincera, por lo que huye de dogmatismos. Es la imaginación desbordada que crece y se expande, que se enfrenta a la aburrida cotidianeidad dinamitándola, haciéndola añicos, haciéndonos cómplices de su inocencia no domesticada, no exenta de aspectos negativos que, en lugar de ensombrecerla, no logran sino hacerla más real, más posible.

En un principio es al pobre Fantasio a quien le toca hacer de ogro, de jefe en perpetuo estado de cabreo regañando a Tomás, aunque ya apunté que en más de una ocasión son quienes le rodean, el mismo Fantasio, los que acaban contagiados de sus locuras, disfrutándolas tanto o más que nuestro protagonista. Emblemática al respecto es la buena de Jeanne (la señorita Juanita de las antiguas ediciones), la secretaria menos atractiva de la oficina que profesa una encendida fascinación romántica por nuestro héroe, al cual aplaude todas sus ocurrencias por extravagantes que sean.

En fin, que no me cansaré de alabar y recomendar a todos la lectura de estas fascinantes aventuras. Aventuras que tienen lugar en el más cotidiano y gris de los entornos: un edificio de oficinas. Aventuras invadidas, desbordadas, desbordado el lector, por la más exultante fantasía. En definitiva, se trata de la lucha de siempre, la única que merece la pena: la imaginación contra la realidad. El único bálsamo, el único lugar al cual aferrarse y sobrevivir. Y divertirse, por descontado.

FRANQUIN. Tomás El Gafe. Traducción de Mireia Rué. Barcelona: Planeta De Agostini, 2007. 19 v. ISBN 84-674-3336-1.







lunes, marzo 12, 2007

Masters of Horror (segundo grito)

Bueno, el caldero ya está listo, la ponzoña borbotea humeante y el plato luce preparado para servir la segunda entrega de estos putrefactos comentarios, he he he.


PELTS, de Dario Argento (episodio 6, segunda temporada)


Dario Argento vuelve a la carga, y mientras parece que esta vez sí que acabaremos por ver la tercera entrega de la Trilogía de las Madres, el padre del giallo y el horror italiano nos adelanta un par de entremeses.

Pero éste, ay, le ha salido más bien insípido. Un episodio aguado y tontorrón basado en un relato de F. Paul Wilson (autor del que tan sólo he leído un relato, Los Barrens, un entretenido homenaje a Lovecraft que aquí apareció en la antología Cthulhu 2000 editada por La Factoría de Ideas), en el que unas mofetas o unos bichos semejantes se cobran venganza de unos malvados cazadores humanos. En esa línea tan sobada de “la naturaleza está siendo dañada por el hombre y el hombre acabará pagando por ello”. Tampoco algo malo si no fuera porque aquí la historia resulta tan idiota que hay momentos en que hasta da dolor de cabeza. Unos efectos especiales que son un puro churro (ese tipo cuya cabeza es aplastada por un cepo, con el cuerpo moviéndose de tal forma que uno imagina que han utilizado un madelman para el truco, o ese personaje que se cose la boca con unos efectos digitales que a poco más consiguen que las puntadas parezcan dadas en plastilina), gore de rebajas que el único horror que provoca es el de asquearte... ¡de aburrimiento!

Desde luego Argento nos ha dejado algunas buenas películas, pero la alegría por su retorno se ve enturbiada por una historia que no consigo imaginar quién demonios sería capaz de poner en pie.


THE SCREWFLY SOLUTION, de Joe Dante (episodio 7, segunda temporada)



Basado en un relato de la excepcional Alice Sheldon (la escritora que se oculta tras el seudónimo de James Tiptree, Jr.), este episodio podría haber sido excelente si su director, Joe Dante, no se hubiera empeñado tanto en mostrar maneras de serie B. Que sí, que me encanta la serie B, pero no cuando se la imita mal.

El inicio es magnífico: mientras se suceden los títulos de crédito y en tono documental, unas imágenes y una voz átona nos informan de qué es esto de la Screwfly Solution. A continuación, una secuencia intrigante: nos hace preguntarnos qué es lo que está ocurriendo en ese pulido barrio residencial. En concreto, qué es lo que hace que un señor de apariencia normal, gordo, padre de familia, de sonrisa fácil, esté limpiando con total tranquilidad manchas de sangre en su horno y en el patio. Y saluda a sus vecinos tan amable como el que más. Pronto iremos descubriendo que una fiebre, un virus asesino, está llevando a todos los hombres del planeta a exterminar a las mujeres. No adelantaré más de la trama.

Dante ha planteado la situación a la perfección, pero el resto del episodio se desarrolla con demasiados altibajos narrativos y formales. Imagino que por mantener esa forma documental, filma prácticamente todos los planos cámara en hombro. Lo que gana en inmediatez, lo pierde en mostrar una en exceso descuidada planificación. Da la sensación de que Dante se conforma con dotar a la historia de ese aire de serie B que he comentado antes, de quitarle importancia a la forma para dejar toda la fuerza a la historia en sí, y esto mismo lleva a que su relato pierda intensidad en los momentos más reveladores. Claro está que esta narración apocalíptica, debido al presupuesto con el que habrán contado en la serie, no permite otra forma de mostrarlo. Pero una cosa es apariencia de descuido, de improvisación, y otra es que todo sea, en efecto, un puro descuido. Así, sorprende la increíble torpeza con que está rodado, por poner un ejemplo, el accidente que observan desde un coche las dos protagonistas. Plano de alguien cruzando una calle, corte a los rostros de las dos mujeres, que gritan, sonido de ruedas chirriando, las dos protagonistas que miran horrorizadas, y corte a un tercer plano en el cual vemos los efectos del accidente. Así lo hacía Edgar G. Ulmer, sí, pero a él le casaban los planos. Con Dante, parece que lo que se atropellan son los fotogramas entre sí. Lo mismo para los planos dedicados a la revelación final, con unos efectos especiales tipo Cocoon y con ese estilo tan de moda que consiste en “da igual dónde pongamos la cámara”.

Y sin embargo, por momentos funciona. Se comparte la pesadilla en la que el mundo se está embarcando, y los dolorosos planos finales son en verdad impactantes.

Quizá, y aquí temo que ya me esté aventurando demasiado, Joe Dante no ha querido darse demasiada importancia y ha optado por contarlo todo con la mayor sencillez posible, pero esta historia requería más valor, jugársela con todas las pretensiones que se hubieran podido acumular, porque el relato las contiene. Y las merece.


FAMILY, de John Landis (episodio 2, segunda temporada)



Landis es un tipo que me cae muy bien: en documentales, en entrevistas, siempre me parece interesante, divertido e inteligente.

Pero como cineasta me aburre soberanamente. Sí, hasta ésa del hombre lobo americano en Londres. Y la de los dos tíos que van de graciosos cantando clásicos del blues en versión AOR y descacharrando coches, casi más.

Así que nadie se sorprenda si afirmo que esta hora de cine es lo mejor que he visto de John Landis. Y sí, uno de los cuatro episodios de Masters of Horror que cuento entre mis favoritos. Porque amigos, éste me gustó de verdad.

No sé por qué a los seguidores de la serie les resultó indiferente. Incluso todos los amigos y amigas a los que he obligado a verlo se quedaban dormidos. Vale que la pelea del final resulta un poco cutre. Y que lo de soltar tres finales seguidos es excesivo. Pero no cuando los tres son buenos.

En fin, que esta historia de un señor de apariencia mediocre, gordo, padre de familia, de sonrisa fácil, que está limpiando con total tranquilidad manchas de sangre y que vive en un impoluto barrio residencial... Vaya, esto ya lo dije para el anterior episodio, ¿no?

Lo importante es cómo se nos narra la historia desde el punto de vista de este señor aparentemente normal en un magnífico tono de humor macabro, heredero, pero heredero de verdad, no utilizado como mera coartada para seducir fans, de los tebeos de terror de la EC (si te gustan estos tebeos, pero si te gustan con pasión, sin dejarte engañar por su impostada moralina, todo un mero andamiaje que oculta auténticas joyas de lo macabro, este episodio de Landis te fascinará), la delirante vida familiar que lleva. Porque en este episodio esa decisión de optar por un punto de vista definido desde el principio lo es todo: todo lo veremos a través de los ojos de ese hombre tranquilo, obeso, delicado y meticuloso. Y esto es lo que depara los mejores momentos: cómo una conversación normal entre vecinos es interrumpida por lo que él cree ver y oír, o cómo (en mi secuencia favorita de este episodio, y si me apuráis, de toda la serie) desde su coche entabla diálogos imaginarios con sus posibles víctimas cuyo objetivo no es otro que el de buscar la adecuada a sus propósitos. Estamos en el interior de la cabeza de un psicópata al que conocemos y vemos como un tío agradable, hasta entrañable. Comprendemos sus actos: nos entristece su soledad y, en el fondo, deseamos que encuentre compañía. Ya vendrá la realidad a darnos el mazazo (a él, pero también a nosotros, que hemos sido él durante una hora). Y creo que esto es la esencia del horror: convertirnos en monstruos gracias a la perspectiva de la mirada.

En definitiva, un gran episodio, muy divertido, pero con un terrible trasfondo macabro y amargo. Todos, como escribiera Conrad, vivimos como soñamos: solos.

martes, febrero 27, 2007

Masters of Horror (primer grito)

Queridos amigos y amigas, en una ordalía en la que he puesto a prueba de manera alucinante mi cerebro, me he tragado los 26 episodios que conforman las dos temporadas de esta serie creada por Mick Garris para el canal Showtime. Los iré comentando en diversas entregas, gritos como grotescamente merece la ocasión.

¿Por qué? Buena pregunta, porque a estas alturas quien más quien menos ya la habrá visto (o habrá desistido de ello) y de poca ayuda valdrán mis comentarios. Véase pues más bien como una confrontación o un mero desquite por las horas pasadas dedicado a este macabro ejercicio.

Iré analizando los episodios no por su orden natural, sino por el que he seguido a la hora de enfrentarme a ellos. Todos los episodios de la primera temporada son del año 2005 y los de la segunda del 2006 (vale, una tontería esta especificación, pero hagámoslo bien).

Como característica general, destacaré un par de aspectos. El primero, que la duración de una hora por episodio queda claro que resulta excesiva. A casi todos los episodios se les nota en demasía que han de llegar a cumplir ese tiempo y terminan asfixiados, arrastrándose de forma desesperada para alcanzar los créditos finales (ahora podría incluir un exordio sobre que el mejor formato para el terror es el corto, tipo The Twilight Zone, pero no lo termino de creer del todo y además es un topicazo que ya cansa). El segundo, y dado la cantidad de episodios que comienzan con una carretera solitaria en medio de la noche (o que allí se traslada la acción en algún momento del relato), que va siendo hora de tomar en serio lo de la chica de la curva. Los dos episodios firmados por directores japoneses se desmarcan de esto, pero sólo para trocar dicha carretera por el agua. ¿Una mera cuestión geográfica? Ya veremos.


IMPRINT, de Takashi Miike (episodio 13, primera temporada)



Pues sí, éste fue el primero que vi del macabro lote. Sorprendente y decepcionante a un tiempo. Me gustó horrores en su primera mitad, para irse desinflando mi interés según avanzaba la historia hasta definitivamente terminar algo aburrido, pero desde luego encierra su valor.

No comenzamos esta vez en una oscura y poco transitada carretera, sino en un canal de aguas estancadas. Una barca se abre paso entre la neblina y nos muestra cómo unos hombres se dirigen a una misteriosa isla. Por el camino, cadáveres hinchados deben ser apartados con los remos. La atmósfera es espectral, conseguida de manera excelente: el exceso de la situación está equilibrado por los comentarios de los hombres. En una zona maldita, aquello es lo menos horripilante que se pueden encontrar. En la tradición japonesa el agua estancada es vista como un reducto del mal. Miike nos lo hace sentir en unos planos cargados de tenebrismo que nos sumergen de inmediato en la narración.

Durante su primera media hora, el episodio mantiene este tono de misterio y opresión, de que algo maligno corroe la vida de los habitantes de la isla y, de manera terrible, a los dos protagonistas. El encuentro del hombre con una prostituta marca el inicio de la pesadilla. Y la conversación que mantiene con ella resulta tensa y morbosa sólo con lo que sugiere y nos hace esperar que suceda. Pero pronto Miike se lanza de lleno a sus planos de torturas desaforadas (eso sí, tan efectivas como en Audition y que provocaron que el episodio no se pasara por televisión y se estrenara directamente en DVD) filmadas al detalle. No deja de resultar simpático aunque tan sólo sea por lo bruto que es, pero todo el aliento que hasta entonces había contenido pude al fin exhalarlo aliviado: el horror era esto, sí, qué pena. Y si bien la historia en su parte final no deja de reservarnos unos buenos momentos bien sórdidos, toda la atmósfera, a mi gusto, se ha disipado y a mi parecer se convierte más en un melodrama macabro que en ese cuento oscuro, susurrado en voz baja, que en un principio prometía.

Algo decepcionado, sí, pero me las prometía felices. Pensaba que éste iba a ser el tono medio de la serie. En el fondo soy más inocente que Bambi en un prado paseando de la mano con Dumbo...


PRO-LIFE, de John Carpenter (episodio 5, segunda temporada)



Ya había leído que uno de los mejores episodios de la primera temporada había sido el de Carpenter. Como aún no tenía ése, me lancé ávido con éste. Protagonizado por Ron Perlman, que me encanta, mi ánimo era inmejorable.

Hay cosas en la vida que, por mucho que uno las ame, debe siempre tomarlas con ánimo. Haced caso a este espectro que os saca muchos años de existencia y que ya muestra desgarrones en su nívea sábana fantasmal.

Bien, pues con ánimo. Y hace falta tenerlo, porque la bromita del bueno de Carpenter tiene tela. Olvidémonos de la ridícula historia que se nos intenta algo así como contar. Olvidemos también toda esa parte final con el diablo en persona buscando a su hijito por el hospital. Olvidemos... Bueno, hay mucho que olvidar, pero retengamos algo positivo. Como estragado degustador de ponzoñas terroríficas, cumplo a rajatabla aquello que todo amante del género sabe bien: hay que aprender a buscar ese plano suelto, ese detalle minúsculo que compensa todos los esfuerzos, que premia al aficionado de corazón y que quien no comparte nuestra tenebrosa afición jamás entenderá (y con razón).

Así que destacaría las citas autoparódicas que Carpenter hace de sus propias películas (igual la intención no era paródica, pero juro que lo parece), tanto de La cosa como de Asalto a la comisaría del distrito 13. Al menos estas dos que yo recuerde. Después comprobaría que esto de la autocita es táctica habitual de los directores en esta serie, pero en este episodio a mí me sonaba a nuevo y me hizo gracia, lo confieso.

También podría haber resultado simpático el mensaje que se nos trata de transmitir. Simpático si hubiera sido transmitir la intención, porque en realidad se trata de meternos el mensaje en la cabeza a golpes. El fanatismo criminal de los contrarios al aborto, capaces de exterminar a perdigonazos a quien se interponga en su camino, a quien dañe su distorsionado concepto de amor a la vida, da para algunas risas al principio, pero Carpenter y sus guionistas apuran tanto las situaciones estrambóticas que la crítica acerada acaba tornándose muermazo discursivo.

Compruebo que llevo medio testamento para tan sólo dos episodios. Prometo acortar para los siguientes gritos.

O no, que más tiempo eché en verlos.

miércoles, febrero 21, 2007

Nueve relatos de Edogawa Rampo

Tras el seudónimo Edogawa Rampo (pronunciación japonesa de Edgar Allan Poe) se ocultaba el considerado oficialmente como padre de la literatura de terror japonesa: Hirai Taro (1894-1965). Al fin se publica en España un volumen con algunos de sus relatos. Los aficionados al género lo esperábamos con impaciencia, pues quienes habían tenido acceso a ellos lo vendían como un prodigio al cual el resto de los mortales, qué pena, no podíamos aspirar a conocer. Pues ya sí. Y, como por degracia suele suceder, no era para tanto. Hay autores de culto que parecen serlo única y exclusivamente por lo difícil que resulta acceder a su obra. Un valor ciertamente fútil.

Pero tampoco neguemos lo evidente: su importancia en la implantación y difusión del género en Japón es incuestionable, así como la impronta que ha dejado en otros autores, tanto en el campo de la literatura como en el del cine y el manga, hasta el día de hoy. Sólo basta decir que la importancia no siempre va unida a la calidad, y que de su admirado Poe a su propia obra median unas distancias que ni el más alucinado de sus seguidores se atrevería a acortar. Esto no quita que algunos de los relatos aquí incluidos me parezcan excelentes, claro, pero pienso que resultará de más ayuda a quien no conozca a este autor y le apetezca leerlo que no se lo disfracen con trajes que no le vienen bien.

El primer relato (aunque aviso que en adelante no seguiré en mi comentario el orden del libro) incluido en esta recopilación de increíble portada (cuesta trabajo imaginar algo más cateto y feo: esa silueta de la niña con los ojos como dos estrellitas habrá conseguido que este libro venda menos aún de lo que ya esperarían los editores... o bien a los amantes de la literatura de terror ya nos da todo igual, que también) es La butaca humana. Más grotesco que terrorífico (hay que reconocer que este relato se puede prestar a un sano cachondeo), atrapa por la sencillez y clasicismo de su estructura y desarrollo en curiosa combinación, de fuerte contraste, con la delirante trama. También jugando con lo grotesco y lo exacerbado de los sentimientos humanos, destaca otro gran relato: La oruga. Relato negro, más bien negrísimo, en el que se entremezclan el rechazo y la atracción mórbida por lo monstruoso, por lo deforme. De una gran crueldad, resulta aún más terrible por lo que sugiere que por lo que se nos cuenta directamente, si bien tampoco es que pase por alto detalles escabrosos: es sólo que podrían serlo más aún... Por ejemplo, en sus referencias fálicas, tan salvajes como nunca explicitadas. Un relato morboso, efectivo y de tremenda fuerza gracias a la sabia combinación de lo que nos es narrado con detalle y lo que es dejado a nuestra (maltrecha) imaginación.

Tal vez sea en estos dos relatos donde se aperciban de manera más clara las influencias que sobre los autores nipones de terror ha ejercido Rampo. No es difícil, leyéndolos, pensar en directores como Takashi Miike o Yasuzo Masumura o dibujantes de manga como Hideshi Hino y Suehiro Maruo. Estos han leído sus relatos, no lo dudéis ni un instante.

Rampo también creó un detective al estilo de Sherlock Holmes y Auguste Dupin: el Dr. Kogoro Akechi. Lo que no se nos cuenta en el prólogo es que su creación se encuentra a años luz de sus modelos. Así se puede comprobar en El test psicológico, tan entretenido como intrascendente. El resto de relatos de misterio o detectivescos que se incluyen en el libro son lo peor del mismo. Así El precipicio, relato criminal en forma dialogada, teatral. Presenta un curioso juego sadomasoquista de la protagonista, pero la trama de asesinatos que plantea Rampo es torpe, está infestada de tópicos, su desarrollo es aburrido hasta el hastío y su banalidad llama la atención al más despistado. Así en La cámara roja, un relato de crímenes perfectos cuya gracia quizá consista en que el criminal nunca se mancha las manos con ellos. No negaré que resulta simpático, pero también de un tontorrón que casi da la risa. Y la sorpresita final es un trago que bien Rampo nos podría haber ahorrado. Así en Los gemelos (confesión de un criminal condenado ante un sacerdote). El doble, la suplantación de personalidad, el horror a los espejos y el crimen son temas recurrentes en los relatos de horror y han dado notables obras maestras en el género. No es éste el caso. Un relato criminal que parte de un buen puñado de ideas, si no originales sí al menos sugerentes, pero que son desechadas por el típico conflicto nacido de la pregunta "¿qué error cometí en el crimen que creía perfecto?" La respuesta no interesa lo más mínimo. Y así en Los dos inválidos, en el que encontramos de nuevo el tema del crimen perfecto y en el que de nuevo la sorpresa final resulta algo tontuela. Pero aquí el ritmo es bueno y se lee con interés. Al menos con mayor interés que los cuatro precedentes.

En contraposición al relato de Los gemelos, en El infierno de los espejos el protagonista lo que siente es una morbosa atracción por los espejos. Una obsesión que lo lleva a la locura y al castigo por la transgresión. El modelo narrativo no presenta nada nuevo. Rampo vuelca toda la fuerza del relato en lo estrambótico de la fijación del protagonista, siendo su desarrollo absolutamente convencional.

El último relato que voy a comentar es también el último del volumen: El viajero con el cuadro de las figuras de tela. Imagino que me ocurre lo que a todos los que gustan de leer cuentos: sea cual sea el autor, en una colección de relatos siempre esperamos encontrar al menos uno que nos conmueva, que nos lleve a pensar que al fin dimos con esa joya que anhelamos disfrutar. En algunos casos son muchos, en otros por desgracia ninguno. En esta colección de cuentos de Rampo hay una joya prodigiosa. Y es este relato. Perfecto en la creación de una atmósfera de ensoñación, irreal, de espejismo, de atisbo de un auténtico mundo fantástico. En esta historia de amores más allá de lo terrenal y objetos mágicos que la hacen posible, Rampo está sensacional de principio a fin. No hay más que ver con qué sencillez y maestría nos introduce en los mares en los cuales habita lo increíble, lo sorprendente: con algo tan común como es subir a un vagón de tren e iniciar un viaje. Lo extraño es siempre una cuestión de mirada. Y la de Rampo en este relato es única, maravillosa. En un libro dominado por la mediocridad, este cuento justifica al resto.

RAMPO, Edogawa (Hirai Taro). Relatos japoneses de misterio e imaginación. Traducción y notas de Juan José Pulido; prólogo de Antonio Ballesteros: ilustraciones de M. Kuwata. Madrid: Ediciones Jaguar, 2006. 205 p. La Barca de Caronte. ISBN 84-96423-22-0.